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19 de mayo de 2025 a las 09:15

Descubre el Tal Cual

POR ALARCÓNEEZ

La sombra del alcornoque se extendía, larga y protectora, sobre el polvoriento camino. El aire, denso y cargado del aroma a tierra seca y tomillo silvestre, vibraba con el zumbido constante de las cigarras. Un calor abrasador, típico de estas tierras andaluzas, invitaba a la quietud, a la siesta bajo la enramada. Sin embargo, en el pequeño pueblo de Alarcóneez, la tranquilidad era una quimera. Un rumor, como el viento sur que precede a la tormenta, recorría las estrechas calles empedradas, susurrado en las conversaciones a media voz, transmitido de mirada en mirada.

Todo había comenzado hacía apenas una semana, con la llegada de un forastero. Nadie sabía de dónde venía, ni cuál era su propósito en Alarcóneez, un lugar olvidado por Dios y por los mapas. Alto, delgado, con una mirada penetrante y un sombrero de ala ancha que ocultaba su rostro, el desconocido se había instalado en la vieja posada, la única que aún seguía en pie tras el inexorable paso del tiempo y el abandono. Su silencio, su aura de misterio, despertaban la curiosidad y la desconfianza de los alarconeros, gente sencilla y recelosa de todo aquello que alterara la monótona rutina de sus vidas.

Algunos decían que era un geólogo, buscando vetas de algún mineral precioso en las entrañas de la sierra. Otros, más supersticiosos, hablaban de un brujo, atraído por las leyendas que envolvían al antiguo molino, abandonado a su suerte a orillas del río seco. Se decía que, en las noches de luna llena, el espíritu de la molinera, asesinada por un amante despechado, se aparecía entre las ruinas, lamentando su trágico destino.

Las habladurías se intensificaron cuando, coincidiendo con la llegada del forastero, comenzaron a sucederse una serie de extraños acontecimientos. Primero fue la desaparición de la perra de la alcaldesa, una podenca andaluza de nombre Luna, a la que se veía corretear por la plaza todas las tardes. Luego, el pozo del cura se secó de la noche a la mañana, dejando perplejos a todos los vecinos. Y, por último, el retablo de la iglesia, una joya del barroco andaluz, apareció con una de sus figuras, la de San Antonio, inexplicablemente decapitada.

El miedo, como una hiedra venenosa, se extendía por Alarcóneez, alimentando las especulaciones y las teorías más descabelladas. Se organizaron rondas nocturnas, se bendijeron las casas con agua bendita y se colgaron ristras de ajos en las puertas, como protección contra el mal de ojo. El forastero, convertido en el chivo expiatorio de todos los males, se veía sometido a una vigilancia constante, cada uno de sus movimientos escrutado con recelo.

¿Era realmente el forastero el responsable de todos aquellos sucesos? ¿O se trataba simplemente de una serie de desafortunadas coincidencias? La verdad, oculta tras un velo de misterio, permanecía esquivo, alimentando la incertidumbre y el temor en el pequeño pueblo de Alarcóneez, mientras la sombra del alcornoque seguía extendiéndose, larga y protectora, sobre el polvoriento camino, testigo silencioso de los extraños acontecimientos que perturbaban la quietud del lugar. Y mientras tanto, el zumbido de las cigarras, incesante y monótono, parecía un presagio de lo que estaba por venir.

Fuente: El Heraldo de México