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16 de mayo de 2025 a las 04:55

Trasciende: Liderazgo con propósito

El liderazgo, un concepto tan manoseado como malinterpretado. A menudo lo asociamos con figuras imponentes, con una confianza que raya en la arrogancia y una capacidad casi sobrenatural de influir en los demás. Pero el verdadero liderazgo, ese que resuena con autenticidad, trasciende la imagen y se adentra en la esencia misma del ser. No se trata de una colección de habilidades pulidas para la ocasión, sino de una forma de vivir, de respirar, de habitar el mundo. Es una respuesta a un llamado interno, un cruce de umbral hacia una nueva realidad donde la influencia no se impone, sino que emana de forma natural, casi a pesar de uno mismo.

Para comprender este liderazgo auténtico, debemos primero entender las dos realidades en las que se manifiesta. Podemos observar el liderazgo desde las gradas, como espectadores analizando las estrategias y movimientos de los jugadores. Esta es la realidad epistemológica, la del conocimiento teórico, la de los libros y las conferencias. Pero el verdadero juego se vive en la cancha, en la realidad ontológica, donde la experiencia directa, la fricción con la realidad, nos transforma. Saber de liderazgo no nos convierte en líderes, así como saber de natación no nos hace nadadores. Es en la acción, en el enfrentamiento con los desafíos, donde se forja el verdadero líder.

¿Y cuáles son las condiciones que permiten que este liderazgo florezca? El primer paso es escuchar el llamado. Preguntarnos qué o quién nos gobierna. ¿Tenemos el control de nuestras acciones y reacciones, o somos meros títeres del contexto? El contexto, esa red invisible de circunstancias que nos moldea, siempre nos usa. La clave está en dejar de reaccionar a él de forma automática, impulsados por nuestras emociones, y empezar a crearlo, a moldearlo a nuestro favor y al de quienes nos rodean. Un líder no se limita a oír, sino que escucha auténticamente, sin juicios preconcebidos, con la genuina intención de comprender la experiencia del otro, de ponerse en sus zapatos.

La presencia es otro elemento crucial. Estar presente, plenamente, haciendo lo que se requiere, sin reservas. Y para que esto no se convierta en una carga, debemos encontrarle un sentido, un propósito que resuene con nuestros valores. La felicidad del líder no depende de factores externos, sino de su capacidad de encontrar significado en lo que hace. La integridad, la coherencia entre palabra y acción, es la columna vertebral del liderazgo auténtico. Honrar nuestros compromisos, cumplir con nuestra palabra, o compensar con creces si no lo logramos, nos libera de la esclavitud del incumplimiento.

La inclusión implica velar por el bienestar de los demás, no desde una posición de superioridad, sino de colaboración y apoyo mutuo. La solidaridad y la subsidiariedad son las dos caras de esta moneda: ofrecer apoyo incondicional al tiempo que empoderamos a los demás para que puedan valerse por sí mismos.

El líder auténtico comprende que es causa de lo que ocurre a su alrededor y asume la responsabilidad de crear comunidad, de tejer redes de colaboración que permitan alcanzar objetivos comunes. No se trata solo de hacer las cosas, sino de hacer que las cosas ocurran, de inspirar y movilizar a otros hacia un propósito compartido.

La autenticidad en el liderazgo es la fusión de integridad, inclusión e intervención. Es una elección consciente, una entrega plena a estos tres pilares. Es la respuesta a la pregunta "¿quién soy?", libre de las ataduras del pasado y de las incomodidades que nos frenan.

El líder auténtico se nutre de algo más grande que sí mismo, de una visión de futuro compartida, del deseo de contribuir a un mundo mejor. El camino no es fácil, requiere esfuerzo y perseverancia, pero la recompensa es inmensa: la satisfacción de no solo alcanzar nuestras propias metas, sino de inspirar y empoderar a otros a hacer lo mismo, creando un ciclo virtuoso de crecimiento continuo. El llamado está ahí, ¿te atreves a cruzar el umbral?

Fuente: El Heraldo de México