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16 de mayo de 2025 a las 03:10

Escuela CDMX: ¿Cimientos sobre tumbas?

El descubrimiento de restos óseos en la escuela primaria Valentín Gómez Farías en Zacatecas nos remite a una práctica históricamente recurrente: la construcción de edificios sobre antiguos cementerios. Este hecho, más allá de la anécdota macabra o la leyenda urbana, nos invita a reflexionar sobre la relación entre el pasado y el presente, sobre cómo las ciudades se construyen, literalmente, sobre las huellas de quienes nos antecedieron. No se trata únicamente de Zacatecas; la Ciudad de México, por ejemplo, alberga ejemplos notables de esta superposición histórica. El Centro Escolar Benito Juárez, en la colonia Roma Sur, se erige sobre lo que alguna vez fue el Panteón General de la Piedad. Imaginen a los niños jugando en el patio, sin saber que bajo sus pies descansan los restos de generaciones pasadas. Este panteón, inaugurado en 1872 por el propio Benito Juárez, respondía a la necesidad de un camposanto alejado del bullicio del centro, una necesidad que refleja la dinámica de crecimiento urbano de la época. Con el tiempo, la ciudad se expandió, devorando los límites del cementerio hasta convertirlo en un terreno propicio para la edificación.

La decisión de construir la escuela en ese preciso lugar no fue casual. José Vasconcelos, figura clave en la educación mexicana, buscaba terrenos baldíos para sus ambiciosos proyectos educativos. El antiguo cementerio, ya absorbido por la mancha urbana, se presentaba como una opción viable. Así, el Centro Escolar Benito Juárez, con su arquitectura neocolonial y su imponente diseño a cargo de Carlos Obregón Santacilia, se convirtió en un símbolo del nacionalismo post-revolucionario, irónicamente, construido sobre los cimientos del pasado. Este contraste entre lo nuevo y lo antiguo, entre la vitalidad de una escuela y el reposo eterno de un cementerio, resulta fascinante y nos invita a cuestionar cómo percibimos el tiempo y la historia.

El hallazgo en Zacatecas, con el féretro de madera y los restos infantiles, nos ofrece una ventana al pasado, una conexión tangible con quienes habitaron ese espacio siglos atrás. La imagen del pequeño ataúd con grabados de rombos azules, resguardando los restos de un niño envuelto en una mortaja café, nos conmueve y nos recuerda la fragilidad de la vida. Estos descubrimientos accidentales, que ocurren durante obras de rehabilitación o excavaciones, nos demuestran que la historia no está confinada a los libros, sino que yace latente bajo nuestros pies, esperando ser revelada. La historia de la escuela Valentín Gómez Farías, que data del siglo XVII y que funcionó como convento y hospital de la Orden de San Juan de Dios, añade otra capa de complejidad a este relato. ¿Cuántos secretos más se ocultarán entre sus muros?

El INAH, con su labor de investigación y preservación, juega un papel fundamental en la reconstrucción de estas historias fragmentadas. El estudio de los restos óseos, la datación y el análisis del contexto histórico nos permiten comprender mejor las prácticas funerarias del pasado, las condiciones de vida de quienes nos precedieron y la evolución de las ciudades a lo largo del tiempo. Estos descubrimientos no son meras anécdotas curiosas, sino piezas clave para entender nuestra identidad y nuestra relación con el pasado. Más allá de la sorpresa o el morbo, debemos reconocer el valor histórico y cultural de estos hallazgos, y la importancia de preservarlos y estudiarlos con el respeto que merecen. Al fin y al cabo, son un recordatorio tangible de que el pasado no está muerto, sino que sigue presente, susurrando historias desde las entrañas de la tierra.

Fuente: El Heraldo de México