Logo
NOTICIAS
play VIDEOS

Inicio > Noticias > Psicología

16 de mayo de 2025 a las 09:15

Domina tu mente: Deseo -> Pensamiento

La escena, cotidiana y familiar, se repite en hogares de todo el mundo: un niño, con la intensidad del deseo puro, anhela un juguete. La negativa del adulto, necesaria y a menudo incomprendida, desata un torrente de lágrimas, un berrinche que resuena en los pasillos de la casa. Muchos ven en esta reacción infantil un mero capricho, una explosión emocional pasajera. Sin embargo, en ese pequeño drama se esconde una verdad fundamental sobre la construcción del ser humano: la frustración, lejos de ser un enemigo a evitar, es el motor mismo del pensamiento. Cuando el deseo no encuentra satisfacción inmediata, se produce una fisura en la experiencia del niño. Esa tensión interna, esa incomodidad, es la chispa que enciende la pregunta. El "¿por qué no?", el "¿por qué ahora?", el "¿qué puedo hacer para obtenerlo?" emergen como las primeras manifestaciones de un proceso crucial: la elaboración simbólica del deseo.

El deseo, en su esencia, es un impulso sin objeto fijo, una fuerza que nos empuja hacia adelante, que nos inquieta y nos transforma. Si se satisface de inmediato, se aplana, se desvanece como una burbuja. Es la resistencia, el límite, la ausencia, lo que le da forma, lo que lo obliga a representarse en la mente. El pensamiento, entonces, no nace de la calma chicha de la satisfacción plena, sino del oleaje del malestar. Pensamos cuando algo se rompe, cuando el mundo deja de encajar, cuando la falta nos interpela. En ese momento, se activa el trabajo psíquico, esa labor incesante de elaborar, significar y transformar la realidad.

Freud, en su visionario "Proyecto de una psicología para neurólogos", ya había delineado esta idea fundamental: el aparato psíquico se construye a partir del encuentro con la falta. El bebé, incapaz de satisfacer sus necesidades por sí solo, depende del otro. Esa dependencia, esa imposibilidad primordial, es el germen del pensamiento. La realidad irrumpe, el deseo se posterga y surge la representación. El niño ya no solo llora, sino que imagina, busca, recuerda. Construye un mundo interno poblado de símbolos que le permiten lidiar con la ausencia.

En la práctica clínica, esta dinámica se observa con meridiana claridad. El paciente, a menudo, llega buscando soluciones rápidas, respuestas certeras, un alivio inmediato a su sufrimiento. La tarea del analista no es concederle esos anhelos, sino acompañarlo en el difícil proceso de soportar la falta, de tolerar la incertidumbre, de permanecer en la pregunta. Porque es en ese espacio de no-saber, en esa incomodidad fecunda, donde emerge lo nuevo, donde se produce la transformación.

El desafío, tanto en la infancia como en la vida adulta, no reside en evitar la frustración a toda costa, sino en permitir que se transforme en pensamiento. Pensar no es acumular respuestas, sino abrir espacio para nuevas preguntas. Es en esa búsqueda inacabada, en ese constante interrogar, donde el sujeto se construye, se define, se transforma. “Pienso, luego existo”, escribió Descartes, y quizás hoy esa frase adquiera una nueva dimensión: solo en la medida en que puedo pensar –y sostener la incertidumbre inherente al pensamiento–, puedo existir como sujeto.

Cuando el pensamiento se cierra, cuando buscamos someter la pregunta a la tiranía de la respuesta precoz, nos quedamos a la deriva, presos de la angustia. Una angustia de vacío, de aniquilación, de no tener con qué representar lo que sentimos. El pensamiento, si bien no calma la falta, la vuelve habitable. Y en ese habitar lo incierto, en esa danza con lo desconocido, comienza la verdadera experiencia de existir.

Fuente: El Heraldo de México