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15 de mayo de 2025 a las 09:30

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La vida de José "Pepe" Mujica, un torbellino de experiencias que culminó este fatídico martes 13, nos deja un legado imborrable de lucha, resiliencia y una particular filosofía de vida. Desde sus inicios como guerrillero tupamaro, enfrentando la muerte en repetidas ocasiones, hasta su llegada a la presidencia de Uruguay, Mujica trazó un camino excepcional, marcado por la austeridad, la coherencia y una profunda reflexión sobre el sentido de la existencia. Su historia, entretejida con episodios dramáticos, como aquel encuentro con la muerte en un bar de Montevideo en 1970, donde recibió seis disparos, nos revela la complejidad de un hombre que abrazó la lucha armada y luego la abandonó para transitar los senderos de la democracia. El episodio del cirujano militar que, en un gesto casi divino, le salvó la vida en el hospital castrense, añade una capa de misterio y paradoja a su biografía. "Era un compañero, un 'tupa' por abajo", comentaría Mujica años después, dejando entrever la existencia de solidaridades inesperadas en medio del conflicto.

Esa vida rescatada del borde del abismo florecería con una fuerza inusitada. Mujica, el guerrillero que asaltó bancos, se convertiría en legislador y, finalmente, en presidente de Uruguay. Su presidencia, marcada por la sobriedad y la rechazo al consumismo desenfrenado, se convirtió en un ejemplo para el mundo. Vivir en su modesta casa en las afueras de Montevideo, transportarse en su viejo automóvil: estos gestos no eran meras poses políticas, sino reflejos de una convicción profunda. "Eres libre", solía decir, "cuando escapas a la ley de la necesidad". Mujica entendía que la verdadera libertad reside en la capacidad de gestionar nuestros deseos, de no ser esclavos del mercado y sus infinitas creaciones.

Su aversión a la corrupción, tan presente en la política de muchos países, como lamentaba que ocurriera en México, era visceral. "A los que les gusta mucho la plata hay que correrlos de la política porque pudren todo", afirmaba con vehemencia. Para Mujica, la política debía ser un espacio para la pasión social, no para el enriquecimiento personal. "Los políticos debemos vivir como vive la mayoría de la gente, no como vive la minoría", una frase que resonaba con la fuerza de su ejemplo.

Frente a la muerte, que finalmente lo alcanzó en este aciago martes 13 de mayo de 2025, Mujica mantuvo la serenidad y la entereza que lo caracterizaron. "Ya terminó mi ciclo", había declarado meses antes, asumiendo su destino con la tranquilidad del guerrero que ha cumplido su misión y merece su descanso. "Me estoy muriendo", palabras que no expresaban resignación, sino la aceptación del ciclo natural de la vida.

¿Cómo quería ser recordado? Con la jocosidad que le era propia, respondió: "Como lo que soy: un viejo loco". Una respuesta que nos remite a aquel episodio en prisión, cuando, en la más absoluta soledad y oscuridad, entabló una peculiar amistad con una rana, su única interlocutora en aquel infierno. Catorce años de prisión, de torturas, de privaciones extremas, marcaron a fuego su alma y forjaron su carácter. Las historias de su biógrafo, Walter Pernas, nos revelan la barbarie que sufrió: la pérdida de su dentadura, el hambre que lo llevó a comer papel higiénico y jabón, el delirio, la pérdida de la noción del tiempo y del espacio. Pero de esas tinieblas emergió un hombre transformado, un hombre que renunció a la violencia y abrazó la democracia.

Su legado, más allá de sus ideas políticas, es un llamado a la reflexión sobre el sentido de la vida, sobre la importancia de vivir con austeridad y coherencia, sobre la necesidad de combatir la corrupción y dedicarse a la construcción de un mundo más justo. Pepe Mujica, el viejo loco, nos deja una lección imborrable: la vida es una aventura, y la forma en que la vivimos determina nuestro lugar en la historia. El presidente Orsi, su heredero político, lo despidió con profundo dolor, reconociendo su influencia y liderazgo. Su ausencia se sentirá profundamente, pero su ejemplo seguirá inspirando a generaciones futuras.

Fuente: El Heraldo de México