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15 de mayo de 2025 a las 09:30

El legado de Pepe Mujica

La partida de José "Pepe" Mujica nos invita a reflexionar sobre un estilo de liderazgo poco común en la política contemporánea. Su figura trasciende los discursos grandilocuentes y las promesas incumplidas, para instalarse en la memoria colectiva como un ejemplo de austeridad, sencillez y profunda conexión con la tierra y su gente. Mujica gobernó con la sabiduría de quien siembra pacientemente, pensando en las cosechas futuras, priorizando el bienestar colectivo por encima del poder personal. Su legado no se mide en monumentos a su ego, sino en la infraestructura social que construyó, uniendo, incluyendo y dignificando a los uruguayos.

La creación de la Universidad Tecnológica del Uruguay (UTEC) es un claro ejemplo de su visión. Descentralizar la educación superior, llevándola a las zonas rurales del país, no solo democratizó el acceso al conocimiento, sino que también revitalizó comunidades enteras. Jóvenes que antes se veían obligados a migrar a las grandes ciudades en busca de oportunidades, encontraron en la UTEC una razón para quedarse, desarrollarse y contribuir al progreso de sus propias regiones. Fray Bentos, Rivera, Durazno… lugares que antes respiraban resignación, hoy son semilleros de innovación y desarrollo gracias a la visión de Mujica.

El Plan Juntos, otra iniciativa emblemática de su gobierno, trascendió la simple construcción de viviendas. Se convirtió en un programa de reconstrucción del tejido social, donde las familias, con el apoyo del Estado, se convirtieron en protagonistas de su propio desarrollo. Más que ladrillos y cemento, se construyó esperanza y se fortaleció el sentido de comunidad. Participar en la edificación de su propia casa significó para miles de uruguayos un acto de empoderamiento y dignidad.

En el ámbito energético, Mujica impulsó una transformación profunda, apostando por las energías renovables. Al finalizar su mandato, Uruguay se posicionó como un referente mundial en la materia, con el 94% de su electricidad proveniente de fuentes limpias. Esta política no solo abarató los costos para las familias, sino que también redujo la dependencia del petróleo y demostró un compromiso real con la sostenibilidad ambiental. Para Mujica, la lucha contra el cambio climático no era una moda, sino una imperiosa necesidad moral.

La rehabilitación de caminos rurales, especialmente en el norte y centro del país, fue otra prioridad de su gobierno. Invertir en la red vial rural significó conectar a miles de familias agrícolas con mercados, servicios de salud y educación, rompiendo el aislamiento y abriendo puertas a nuevas oportunidades. Un camino bien construido, en la visión de Mujica, representaba la diferencia entre la marginación y la integración.

La recuperación del sistema ferroviario, un proyecto a largo plazo, demuestra su visión estratégica. Modernizar las vías férreas no fue un acto de nostalgia, sino una decisión pragmática y ecológica. El tren, como medio de transporte eficiente y sostenible, volvió a ocupar un lugar central en la logística nacional, descongestionando las carreteras, reduciendo costos y uniendo al país de una manera más profunda.

En materia de salud, Mujica consolidó el Sistema Nacional Integrado de Salud (SNIS) y priorizó la mejora de la infraestructura sanitaria en todo el territorio. Modernizar hospitales, equipar centros de salud y fortalecer la atención primaria, especialmente en zonas rurales, redujo las desigualdades históricas en el acceso a la salud y mejoró la calidad de vida de miles de uruguayos. Para Mujica, la salud era un derecho fundamental, no una mercancía.

Incluso proyectos como el Puerto de Aguas Profundas en Rocha, aunque no se concretaron durante su mandato, dejaron en evidencia su visión de futuro, orientada a conectar al Uruguay productivo con el mundo y garantizar la soberanía comercial.

Lo más destacable es que Mujica llevó adelante todas estas transformaciones desde su humilde “chacra”, sin ostentaciones ni parafernalia. Su capital político residía en la confianza que le depositaba la gente. Ese es, quizás, su legado más valioso: la infraestructura construida no solo en el territorio, sino también en el alma colectiva de un país que volvió a creer en un modelo de gobierno más justo y humano.

En tiempos donde la política a menudo se reduce a un espectáculo vacío, recordar a Pepe Mujica es un acto de resistencia. Él nos demostró que es posible gobernar con humildad, hablar con verdad y construir con un profundo sentido de justicia. Su legado nos interpela y nos invita a repensar el significado de la política y el liderazgo.

Fuente: El Heraldo de México