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15 de mayo de 2025 a las 09:30

Domina el arte de enseñar

La educación, ese viaje transformador que nos moldea como individuos y como sociedad, se erige como un pilar fundamental de los derechos humanos. Su acceso, sin embargo, no es un camino llano para todos. Las personas pertenecientes a grupos vulnerables enfrentan barreras significativas que limitan su participación en este derecho esencial para el desarrollo económico, social y cultural. La educación no solo empodera a nivel individual, abriendo puertas a mejores oportunidades laborales y una vida con mayor bienestar, sino que también impulsa el progreso colectivo, cimentando las bases de una sociedad más justa y próspera. La movilidad económica, ese motor de cambio que permite a las personas mejorar su calidad de vida, encuentra en la educación un aliado indispensable.

Las estadísticas revelan una preocupante realidad: a medida que avanzamos en los niveles educativos, los obstáculos para acceder a la educación se multiplican. Si bien millones de estudiantes cursan la educación básica en México, la cifra disminuye considerablemente en la educación media superior. Este descenso pone de manifiesto la necesidad urgente de que los gobiernos asuman un rol protagónico en la garantía de este derecho, cumpliendo con su obligación de proporcionar una educación gratuita, de calidad, inclusiva y respetuosa de la dignidad humana. No se trata simplemente de una aspiración, sino de un mandato constitucional.

La educación tradicional se encuentra en una encrucijada, enfrentada a la necesidad de una profunda autorreflexión. Es imperativo romper con los esquemas conservadores que limitan el aula a un espacio unidireccional donde solo se "enseña", dejando de lado el proceso fundamental del "aprendizaje". Este desequilibrio ha relegado a los estudiantes a un papel pasivo, concentrando el protagonismo en la figura del profesor. Esta dinámica no solo restringe el desarrollo del pensamiento crítico y la autogestión, sino que también puede, en algunos casos, otorgar un poder autoritario al docente, limitando el diálogo y la participación activa del estudiantado.

El verdadero arte de enseñar reside en la creación de un espacio donde la enseñanza y el aprendizaje se entrelazan en un proceso dinámico y bidireccional. El profesor, además de transmitir conocimientos, debe fomentar la investigación, la búsqueda de soluciones a los problemas sociales y el desarrollo integral de sus alumnos. Este enfoque requiere una transformación en la manera en que concebimos la educación, reconociendo la importancia de la participación activa del estudiante en la construcción del conocimiento. El éxito o el fracaso del proceso educativo no recae únicamente en uno de los actores, sino que es una responsabilidad compartida que exige compromiso y esfuerzo de ambas partes.

Para el docente, esto implica la implementación de estrategias pedagógicas innovadoras que vayan más allá de la mera transmisión de contenidos técnicos y conceptuales. Su influencia debe trascender lo académico, contribuyendo a la formación de personas íntegras y comprometidas con la sociedad. El estudiante, por su parte, debe asumir un rol activo, analítico, crítico y creativo, participando en la construcción del conocimiento y en la búsqueda de soluciones a los desafíos que enfrenta nuestra sociedad.

Un elemento crucial en este proceso es el respeto mutuo entre docentes y estudiantes. La creación de un ambiente académico libre de violencia, en todas sus formas, es fundamental para garantizar una educación de calidad. El derecho a una vida libre de violencia, especialmente en entornos donde existen asimetrías de poder, no es una simple aspiración, sino un derecho fundamental que debe ser protegido y garantizado. Casos como el de Guzmán Albarracín Vs Ecuador nos recuerdan la importancia de las obligaciones estatales e institucionales en la erradicación de prácticas que vulneran el derecho a la educación, particularmente de niños y niñas.

En un contexto social y económico complejo, la labor docente adquiere una relevancia aún mayor. Los profesores, con sus herramientas culturales y disciplinares, se enfrentan a constantes desafíos que exigen una formación y capacitación continua. Su labor no se limita a la transmisión de conocimientos, sino que trasciende a la formación de ciudadanos críticos, analíticos y propositivos, capaces de transformar la realidad. Ser docente es un privilegio, pero también una enorme responsabilidad. Son ellos, los profesores, quienes forjan el futuro de nuestra sociedad, inspirando y guiando a las nuevas generaciones en la construcción de un mundo más justo y equitativo.

Fuente: El Heraldo de México