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15 de mayo de 2025 a las 21:25

Descubriendo el calor extremo de CDMX

La Ciudad de México hierve. El asfalto se derrite bajo el sol implacable, los edificios parecen exhalar calor y la sombra se convierte en un bien preciado. El reciente récord de temperatura, 34.7 grados Celsius, no es solo un número, es una llamada de atención, un grito sofocado de una ciudad que se ahoga en su propio desarrollo. Imaginen por un momento la antigua Tenochtitlan, un islote en medio de un sistema lacustre imponente. Los lagos, como gigantescos espejos, reflejaban la luz solar, regulando la temperatura y creando un microclima templado. Zumpango, Xaltocan, México, Texcoco, Chalco, Xochimilco… nombres que evocan la imagen de un valle fértil, un oasis en medio de las montañas. Estos lagos no solo eran fuente de vida, eran el corazón palpitante de un ecosistema equilibrado.

La historia nos cuenta cómo, tras la conquista, la visión de los españoles chocó con la realidad lacustre. Las inundaciones, un fenómeno natural en un sistema de cuencas endorreicas, se convirtieron en un problema a erradicar. Comenzó entonces una lucha titánica contra el agua, una batalla que se libró durante siglos y que culminó con la desecación casi total de los lagos. El túnel de Huehuetoca, ordenado por el virrey Luis de Velasco, fue el primer golpe, una herida profunda en el cuerpo de la cuenca. Le siguieron otras obras hidráulicas, cada una más ambiciosa que la anterior, hasta que los lagos, otrora majestuosos, quedaron reducidos a pequeños remanentes.

¿El resultado? Un triunfo aparente que se ha transformado en una derrota silenciosa. Hemos cambiado el frescor de las aguas por el bochorno del concreto, la suave brisa lacustre por el aire caliente que se desprende del asfalto. Los cinco grados centígrados que hemos ganado en temperatura máxima no son un signo de progreso, sino una cicatriz que nos recuerda el precio del desarrollo desmedido. Las noches, paradójicamente, se han vuelto más frías, creando un contraste extremo que afecta nuestra salud y nuestro bienestar.

La voz de los expertos es clara y contundente. Érika Danaé López Espinoza, del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM, nos muestra, a través de modelaciones numéricas, cómo la urbanización descontrolada ha intensificado las temperaturas, creando un clima más extremo. Ángel Ruiz Angulo, del Centro de Ciencias de la Atmósfera, nos recuerda que la desecación de los lagos es la principal culpable de este cambio drástico.

La Ciudad de México se encuentra en una encrucijada. El camino que hemos seguido durante siglos nos ha llevado a un punto crítico. La ausencia de cuerpos de agua y la proliferación de construcciones han roto el equilibrio climático, dejándonos a merced de un calor cada vez más intenso. ¿Qué podemos hacer? La respuesta es compleja, pero el primer paso es reconocer el problema y asumir nuestra responsabilidad. Debemos replantear nuestro modelo de desarrollo, buscando soluciones que integren la naturaleza, que respeten el ciclo del agua y que nos permitan convivir en armonía con el entorno. El futuro de la ciudad, y nuestro propio futuro, depende de ello.

Fuente: El Heraldo de México