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14 de mayo de 2025 a las 23:55

El Silencio Roto: La Verdad Tras la Muerte de Licet

La angustia de una madre que durante ocho largos años se aferró a la esperanza de volver a ver a su hija, se transformó en una desgarradora certeza al confirmarse la trágica noticia: Licet Dayani Saldaña Bastidas fue hallada sin vida en Perú. Un descubrimiento que, si bien le da un cierre a la incertidumbre, lo hace de la manera más dolorosa posible. Clemencia Bastida, con una fortaleza admirable que se mezcla con la inevitable tristeza, expresó su fe en que el cuerpo de su hija sea repatriado, aunque reconoce que este encuentro no es como lo había soñado. "Hubiese querido un encuentro diferente", susurra entre lágrimas, palabras que resumen el dolor de una madre que anhelaba un reencuentro lleno de alegría, no de luto.

A pesar del horror de la situación, Clemencia no alberga rencor en su corazón. Una declaración que conmueve por su profunda humanidad, demostrando que el amor de una madre trasciende incluso las circunstancias más trágicas. Recordando los años en que Licet vivió bajo su techo, Clemencia describe a una niña a la que, dentro de sus posibilidades, nunca le faltó nada. La incertidumbre sobre qué pudo haber llevado a este fatal desenlace la atormenta, una pregunta que quizás nunca encuentre respuesta, pero que la acompañará por siempre.

El hallazgo del cuerpo de Licet, con signos de tortura, rapado y sin ropa, añade una capa de crueldad a esta tragedia. Clemencia, con la voz quebrada por la emoción, relató cómo se enteró de la noticia: una búsqueda incesante en redes sociales, alimentada por la esperanza y el temor, la llevó a descubrir la terrible verdad. Vivía, según sus propias palabras, "adicta al celular", buscando cualquier pista, cualquier noticia que pudiera conducirla a su hija. Una adicción nacida de la desesperación, del amor incondicional que la impulsaba a no rendirse jamás.

"El instinto de madre. En el momento que miré dije ‘ella es mi hija’, uno de madre la sangre llama", una frase que resume la conexión inquebrantable entre una madre y su hija. Una corazonada, un presentimiento que se confirmó de la peor manera. Clemencia recuerda a Licet como una niña llena de vida, hiperactiva y contagiosamente alegre. La vida, con sus exigencias y dificultades, la obligó a dejar a su hija sola en momentos, una decisión que ahora, bajo la sombra de la tragedia, la atormenta.

La sorpresa de la desaparición, la falta de indicios que explicaran la partida de Licet, la llevaron a no reportar su ausencia a las autoridades. La esperanza de que regresara, de que recordara el número de teléfono que nunca cambió, la mantuvo aferrada a la ilusión del regreso. Una ilusión que se desvaneció con la devastadora noticia desde Perú.

Con una entereza admirable, Clemencia se niega a especular sobre lo ocurrido. "Hay un Dios que sabe toda la verdad", afirma, dejando en manos divinas el juicio y aferrándose a su fe para encontrar consuelo. Mientras la investigación sobre la muerte de Licet continúa, Clemencia Bastida se enfrenta al dolor más profundo que una madre puede experimentar, la pérdida de un hijo en circunstancias tan trágicas. Su historia es un testimonio del amor incondicional, de la esperanza que se niega a morir y de la fortaleza del espíritu humano ante la adversidad. Una historia que nos recuerda la importancia de valorar a nuestros seres queridos y la fragilidad de la vida.

Fuente: El Heraldo de México