13 de mayo de 2025 a las 12:50
Vuelve pronto, Emilio.
Diecisiete años sin tu presencia, Emilio, y el vacío en el teatro mexicano sigue palpable. Xalapa, la ciudad que te abrazó en tus últimos días, guarda tus restos en la Rotonda de los Veracruzanos Ilustres. Se acerca el centenario de tu nacimiento, ese 22 de mayo de 1925 que Córdoba, Veracruz, reclama con orgullo, aunque la polémica sobre tu origen, entre orizabeños y cordobeses, persiste como un eco lejano. Y aquí estamos, recordándote, reviviendo tu legado, porque figuras como la tuya no se olvidan, se celebran.
Tu generosidad desbordaba. No solo enriqueciste el teatro y las letras de la "generación de los 50" con tu pasión por la palabra precisa y la creación de universos vibrantes, sino que plasmaste en tus obras la esencia misma del mexicano: su idiosincrasia conservadora, su picardía innata, sus costumbres arraigadas. Desde el colorido bullicio de la provincia hasta la desolación urbana, desde los amores imposibles hasta el cosmopolitismo efervescente, tus personajes nos mostraron un espejo de nuestra propia realidad.
Cuentos, novelas, y un vasto repertorio teatral que sigue vivo. Tu labor docente forjó a dramaturgos de la talla de Jesús González Dávila y Víctor Hugo Rascón Banda, honrando el legado de tus maestros, Rodolfo Usigli y Celestino Gorostiza. Te convertiste en un referente ineludible, un clásico eterno del teatro mexicano. Los premios, como el Nacional de Ciencias y Artes en 1996, y el reconocimiento internacional a través de las traducciones de tu obra a numerosos idiomas, consagraron tu trascendencia. Eres, sin duda, orgullo de México y sus letras.
Pero tu ausencia pesa. El teatro actual, a menudo perdido en modas efímeras, ha alejado al público de las butacas. ¿Recuerdas aquellos estrenos memorables? "Rosalba y los llaveros" en Bellas Artes en 1950, bajo la dirección de Salvador Novo, seguida por "Un pequeño día de ira", "¡Silencio Pollos pelones, ya les van a echar su maíz!", "Te juro Juana que tengo ganas", "Yo también hablo de la rosa", "Acapulco los lunes", "Las cartas de Mozart", "Rosa de dos aromas", y tantas otras que dejaron huella.
El cine también se nutrió de tu genio. Adaptaciones de "Rosalba y los llaveros", "La danza sueña la tortuga", "Orinoco" y "Rosa de dos aromas" llevaron tus historias a la gran pantalla. Y cómo olvidar tu participación en el guion de "Macario", nominada al Oscar. Fuiste grande entre los grandes. Tu narrativa, con sus tramas cautivadoras y su subtexto potente, nos legó una lección magistral en el arte de crear historias vivas.
Tu generosidad no conocía límites. Fundaste la revista "Tramoya" en la Universidad Veracruzana, un espacio para las nuevas voces del teatro, un gesto de reciprocidad hacia quienes, como tú, buscaban un lugar en el escenario. Así como recibiste el impulso de tus maestros y el reconocimiento de figuras como Salvador Novo, extendiste tu mano a los jóvenes talentos, aportando savia nueva al teatro mexicano.
Eras un personaje único, Emilio. Tu mirada inquisitiva, tus ojos claros y felinos, reflejaban tu humor irónico y ácido, que impregnaba tus escritos. Tus bromas, a veces duras pero siempre delicadas, eran una constante. Escribir era para ti un deleite, un acto natural, ajeno al sufrimiento de la página en blanco. Decías que la historia se escribía a sí misma, y tú, fiel a tus deseos, la dejabas fluir.
Tu talento para retratar el México y el mundo de tu época, con contundencia y claridad, dio vida a historias que trascienden el tiempo. Ese es, quizá, tu mayor logro: convertirte en un clásico de la literatura mexicana, alcanzar la eternidad a través de obras que siguen dialogando con nosotros a través de los años.
Abandonaste el Derecho para entregarte a tu verdadera pasión: la Filosofía y Letras. Siempre rehuiste las explicaciones grandilocuentes sobre el proceso creativo. Para ti, era algo complejo, sí, pero también natural. Despreciabas las palabras rimbombantes y preferías que tus personajes hablaran con su propia voz, sin imposturas.
Tu teatro, una muestra de la potencia que se alcanza cuando el artista se entrega a la historia que clama por ser contada, dejando de lado el ego y abrazando la necesidad de la creación.
Tu inquietud creativa no se limitó a la narrativa, el teatro y el cine. Fuiste asesor literario de Guillermina Bravo, otra figura icónica de la escena mexicana. La acompañaste en sus batallas con el Ballet Nacional de México, que lamentablemente desapareció para dar paso a una institución que se asemeja más a un cajero automático para bailarines que a un espacio de creación. El Ceprodac, como lo llaman ahora, está lejos de alcanzar la grandeza del Ballet Nacional. Por eso, Emilio, tu ausencia se siente más que nunca.
Se acerca el centenario de tu nacimiento. Ojalá los escenarios se llenen con tus obras, con ese centenar de piezas teatrales que nos legaste. Que tu recuerdo sea vida en el teatro. Que tu dramaturgia revitalice la escena mexicana y te rinda el homenaje que mereces. Y si eso no ocurre, seguiremos leyéndote en la intimidad, celebrando tu vida, aprendiendo de tu pensamiento, sintiendo que sigues aquí, cerca, susurrándonos al oído: "Ya deja de hacerme preguntas, mejor ve a vivir."
Qué fortuna haberte conocido. Hoy, te extrañamos más que nunca, Emilio.
Fuente: El Heraldo de México