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13 de mayo de 2025 a las 09:30

Textualismo: ¿Fin de la interpretación jurídica?

Desde los albores de la democracia moderna, la separación de poderes se ha erigido como un pilar fundamental para el equilibrio y la justicia. La facultad de interpretar las leyes, inherente a la función judicial, no es una concesión, sino la esencia misma que permite a los jueces dirimir controversias y garantizar la aplicación justa del derecho. Imaginar un sistema judicial sin la capacidad de interpretar las leyes es como concebir un músico sin la habilidad de leer una partitura. Las leyes, como las notas musicales, requieren de una interpretación que les dé vida, que las adapte a las circunstancias particulares de cada caso y que, en última instancia, las convierta en instrumentos de justicia.

La idea de un juez como un mero autómata, aplicando mecánicamente la ley sin espacio para la reflexión o el análisis, es no solo ingenua, sino también peligrosa. Implica reducir la complejidad del derecho a una serie de fórmulas preestablecidas, ignorando la riqueza y la diversidad de la vida humana. Cada caso es un universo propio, con sus matices, sus particularidades y sus circunstancias específicas. Pretender que una ley, por más bien redactada que esté, pueda prever y abarcar todas las posibles situaciones es una quimera. Es precisamente en esa brecha, en ese espacio entre la letra de la ley y la realidad de los hechos, donde la interpretación judicial se vuelve indispensable.

La interpretación, lejos de ser una arbitrariedad, es un acto de profunda responsabilidad. Exige del juez un conocimiento exhaustivo del derecho, una sensibilidad para comprender las circunstancias del caso y, sobre todo, un compromiso inquebrantable con la justicia. No se trata de crear nuevas leyes, sino de aplicar las existentes de la manera más justa y equitativa posible. Se trata de buscar el espíritu de la ley, su razón de ser, y de adaptarla a las particularidades de cada caso concreto. Es, en definitiva, un ejercicio de equilibrio entre la norma general y la situación particular, entre la letra de la ley y el clamor de la justicia.

La reciente reforma judicial en México, con su controvertido Artículo Décimo Primero Transitorio, ha generado una profunda preocupación en la comunidad jurídica. Al restringir la capacidad de los jueces para interpretar las leyes, se les despoja de una herramienta esencial para la impartición de justicia. Se les ata las manos, se les impide ejercer su función con la independencia y la autonomía que les corresponde. Este tipo de medidas, lejos de fortalecer la democracia, la debilitan, al erosionar la separación de poderes y concentrar el poder en manos del legislativo.

La historia nos ha enseñado, una y otra vez, que la concentración de poder es el caldo de cultivo del autoritarismo. Un sistema judicial fuerte e independiente, con la capacidad de interpretar las leyes y de actuar como contrapeso a los otros poderes, es una garantía fundamental para la protección de los derechos y las libertades de los ciudadanos. La reforma judicial en México, en su afán de limitar la interpretación judicial, no solo pone en riesgo la independencia del Poder Judicial, sino que también representa una amenaza para la democracia misma. Es un retroceso que debe ser analizado, debatido y, en última instancia, revertido para garantizar un futuro de justicia y libertad para todos los mexicanos. La justicia no puede ser un autómata, requiere de la sabiduría y el discernimiento de quienes tienen la responsabilidad de aplicarla.

Fuente: El Heraldo de México