13 de mayo de 2025 a las 22:30
Maestros Sinaloenses: Entre Balas y Dolor
La sombra de la violencia se cierne sobre las aulas de Sinaloa, asfixiando la esperanza y sembrando el terror en los corazones de maestros y alumnos. No se trata de una amenaza abstracta, sino de una realidad palpable, grabada a balazos en las paredes de las escuelas, en los pupitres vacíos y en el silencio desgarrador de quienes han perdido a sus estudiantes. En Villa Juárez, las secundarias técnicas 51 y 97 se han convertido en símbolos de esta tragedia. Los impactos de bala en la fachada, perforando incluso el nombre del plantel y el mural infantil, son un testimonio brutal de la intrusión de la violencia en el espacio que debería ser un santuario del aprendizaje. La imagen de la mariposa amarilla, símbolo de la transformación y la esperanza, acribillada por las balas, es una metáfora desgarradora de la infancia robada.
El dolor de los maestros va más allá del duelo por las alumnas que ya no están. Es un miedo constante, un nudo en la garganta que se aprieta con cada ráfaga, con cada noticia de un nuevo enfrentamiento. ¿Cómo enseñar conjugaciones verbales mientras el eco de los disparos resuena en los oídos? ¿Cómo explicar la historia de México cuando la historia de la violencia se escribe a diario en las calles de su comunidad? La petición de estos docentes de impartir clases en línea no es un capricho, ni una muestra de cobardía. Es un grito desesperado por la supervivencia, un intento de proteger a sus alumnos y a sí mismos de una guerra que no les pertenece. Imaginen el peso que cargan estos educadores, la responsabilidad de formar a las futuras generaciones en un entorno donde la vida pende de un hilo. No piden comodidades, piden seguridad, un derecho fundamental que les ha sido arrebatado.
Y la tragedia se repite en Culiacán, en la Secundaria Técnica 64, cercana a El Carrizalejo, donde los enfrentamientos armados son parte del paisaje sonoro. Los padres, aterrados, retiran a sus hijos de las aulas, convirtiendo las escuelas en espacios cada vez más desiertos. La asistencia se reduce a un puñado de alumnos, mientras el miedo se propaga como una epidemia silenciosa. La pregunta que resuena en ambas comunidades, en Villa Juárez y en Culiacán, es la misma: ¿cómo se puede educar en medio del terror? ¿Cómo se puede construir un futuro cuando el presente está marcado por la incertidumbre y la muerte?
La SEPyC, hasta el momento, guarda silencio. No ha habido una respuesta oficial a la petición de los maestros, una respuesta que debería ser inmediata y contundente. No se trata de una simple cuestión administrativa, sino de una crisis humanitaria que exige una solución urgente. Mientras la autoridad se mantiene en silencio, la angustia de los docentes crece, y con ella, la incertidumbre sobre el futuro de la educación en estas comunidades azotadas por la violencia. ¿Se escuchará su clamor? ¿Se tomarán medidas para proteger a quienes se dedican a la noble tarea de educar? El tiempo corre, y con cada día que pasa, la herida se profundiza, la esperanza se desvanece y el miedo se convierte en el único maestro.
Fuente: El Heraldo de México