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13 de mayo de 2025 a las 09:25

Justicia: ¿Para quién?

El silencio aturde. Es un silencio denso, pesado, el que se instala en la sala después de que las luces se apagan tras la última palabra de Regina Blandón en Prima Facie. Un silencio que no es de reflexión tranquila, sino de una confrontación interna, áspera, incómoda. La obra de Suzie Miller, que recientemente terminó su breve –demasiado breve– temporada en el Teatro Helénico, deja una herida abierta, una punzada en la conciencia colectiva que se niega a cicatrizar. No se trata de una herida física, sino de la constatación brutal de un sistema que falla, que silencia, que revictimiza.

Blandón, en un despliegue actoral magistral, no solo interpreta a Tessa, la abogada protagonista; la encarna, la vive, la respira. Nos hace cómplices de su transformación, de su viaje desde la seguridad arrogante de quien domina las leyes hasta la vulnerabilidad desgarradora de quien se enfrenta a la maquinaria implacable de un sistema que la ignora. No hay aspavientos, no hay melodrama. La fuerza de su actuación reside en la contención, en la precisión de cada gesto, de cada palabra, de cada silencio. Es una actuación que duele, que incomoda, que nos obliga a mirarnos en el espejo y preguntarnos: ¿de qué lado estamos?

Porque Prima Facie no es solo una obra de teatro; es un grito ahogado, un puñetazo en el estómago de una sociedad que prefiere mirar hacia otro lado. Es la voz de las miles de mujeres –más del 40% según el INEGI– que han sufrido violencia sexual en este país y que se han topado con un muro de indiferencia, de escepticismo, de culpabilización. La obra no pretende ofrecer respuestas fáciles ni soluciones mágicas. Su objetivo es mucho más ambicioso, mucho más necesario: exponer la crudeza de una realidad que se esconde tras el velo de la supuesta neutralidad del sistema judicial.

La puesta en escena de Camila Brett, minimalista pero contundente, potencia el texto de Miller. El foco está puesto en la palabra, en el testimonio, en la experiencia individual que se convierte en reflejo de una problemática sistémica. La ausencia de artificios escenográficos no hace sino intensificar la sensación de claustrofobia, de asfixia, que experimenta la protagonista –y, con ella, el público– a medida que la trama avanza.

Prima Facie no es una obra que se olvida al salir del teatro. Es una obra que se queda grabada a fuego, que nos persigue, que nos interpela. Es una obra que debería ser obligatoria, no solo para quienes trabajan en el sistema judicial, sino para todos nosotros, como sociedad. Porque el silencio, ese silencio que se instala en la sala al final de la función, no puede ser la respuesta. Necesitamos hablar, necesitamos escuchar, necesitamos actuar. Necesitamos que Prima Facie vuelva, que su voz se multiplique, que su mensaje resuene con la fuerza de un trueno en cada rincón del país. Solo así podremos empezar a construir un futuro donde la justicia no sea un privilegio, sino un derecho para todas.

Fuente: El Heraldo de México