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13 de mayo de 2025 a las 12:50

Domina el periférico

La Ciudad de México, un monstruo de concreto y asfalto en constante expansión, siempre ha lidiado con el desafío de su propio crecimiento. Imaginen la capital a finales del siglo XIX y principios del XX: el traqueteo de los tranvías recién llegados, los primeros automóviles abriéndose paso entre calles empedradas, una población que casi se triplicaba en apenas treinta años. El paisaje urbano se transformaba a una velocidad vertiginosa, pasando de extensos terrenos a una maraña de casas y edificios que demandaban nuevas vías de comunicación. La necesidad de ordenar este caos era evidente, una urgencia que requería una visión a futuro.

En este contexto emerge la figura de Carlos Contreras Elizondo, un arquitecto visionario que, tras su paso por la vibrante Nueva York, regresa a México en 1927 con una idea revolucionaria: un plan maestro para la capital. Inspirado por la organización de la gran urbe estadounidense, Contreras concibe dos arterias viales que considera esenciales para domar el crecimiento descontrolado: el Viaducto y el Anillo Periférico. El primero, una vía rápida para conectar el corazón de la ciudad; el segundo, una ambiciosa circunvalación que abrazaría la capital y la uniría con sus periferias. El proyecto de Contreras iba más allá de las simples vías de comunicación. En su mente, el plan incluía parques, rutas de transporte público y zonas habitacionales, una visión integral que pretendía no solo descongestionar la ciudad, sino también mejorar la calidad de vida de sus habitantes.

Sin embargo, como suele ocurrir con las grandes ideas, el proyecto de Contreras no se materializó por completo en su momento. Algunas de sus propuestas se llevaron a cabo, pero otras, incluyendo el Anillo Periférico, quedaron en el tintero, esperando un momento más oportuno. No fue sino hasta la década de los 60, con el crecimiento vehicular ya desbordado, que se retomó la idea del Periférico. En 1961, tras la construcción del Viaducto Miguel Alemán, se inauguró el primer tramo de esta vía que prometía circundar la ciudad, un ambicioso proyecto que con el tiempo se extendería a casi 60 kilómetros, conectando el Distrito Federal con el Estado de México.

El Periférico, esa serpiente de asfalto que rodea la capital, se convirtió en una arteria vital, bautizada con diferentes nombres a lo largo de su recorrido: Boulevard Manuel Ávila Camacho al norte, rozando los municipios mexiquenses de Tlalnepantla y Naucalpan; Boulevard Adolfo López Mateos hacia el sur, atravesando la zona del Pedregal; y Boulevard Adolfo Ruiz Cortines, extendiéndose desde Insurgentes Sur hasta el Canal de Chalco. La demanda de esta vía creció tanto que en 2001 se anunció la construcción de un segundo piso, cuyo primer tramo se inauguró en 2005. El Periférico, concebido décadas atrás como una solución al crecimiento desordenado, se consolidó como la avenida más transitada de la ciudad, un testigo silencioso de la incesante transformación de la metrópoli. Su historia es un reflejo de la constante búsqueda de soluciones para los desafíos que plantea el crecimiento urbano, una búsqueda que continúa hasta nuestros días.

Fuente: El Heraldo de México