12 de mayo de 2025 a las 09:45
El Papa de Michigan: Francisco, el gaucho americano
La fumata blanca, ese antiguo ritual que anuncia la llegada de un nuevo timonel a la barca de Pedro, ha vuelto a teñir el cielo romano. Y con ella, una ola de expectativas, análisis y, cómo no, escepticismo, se ha desatado en un mundo sediento de referentes morales, o al menos, de un buen espectáculo mediático. Robert Francis Prevost, ahora León XIV, llega con la etiqueta de "renovación", una palabra gastada en los pasillos vaticanos, donde la tradición se aferra a los muros como la hiedra. Su discurso inaugural, salpicado de términos como "diálogo" y "justicia social", ha resonado en las redes sociales con la fuerza de un hashtag viral, pero ¿será suficiente para transformar una institución milenaria, anclada en dogmas y rituales que parecen resistir el paso del tiempo, e incluso, el del Espíritu Santo?
Prevost, el ex-obispo de Chicago, se presenta como un pastor con olor a pueblo, un hombre cercano a las preocupaciones del mundo moderno. Habla de migrantes, de la desigualdad que carcome el planeta, de la necesidad de una Iglesia más inclusiva. Un discurso que, sin duda, seduce a las nuevas generaciones, acostumbradas a la inmediatez de la información y a la transparencia en la comunicación. Pero, ¿cómo conciliar esta modernidad con la pesada carga de la tradición? ¿Cómo navegar entre la necesidad de adaptarse a los tiempos y la obligación de preservar la doctrina? El equilibrio, como bien saben los funambulistas, es un arte complejo y peligroso.
La elección de un Papa estadounidense, con experiencia misionera en Latinoamérica, no es casual. El continente americano, con su mezcla de fervor religioso y realidades sociales complejas, representa un desafío y una oportunidad para la Iglesia Católica. Prevost, con su pasado en Perú, conoce de primera mano las desigualdades que azotan la región, la pobreza que se enquista en las periferias, la esperanza que se aferra a la fe como un último recurso. ¿Será capaz de traducir esta experiencia en acciones concretas? ¿Logrará tender puentes entre la opulencia del Vaticano y la miseria de los olvidados?
Los más optimistas ven en León XIV la figura de un reformador, un pontífice capaz de sacudir los cimientos de una institución anquilosada. Los más críticos, en cambio, lo perciben como un producto de marketing eclesiástico, un rostro amable para una institución que se resiste a cambiar. El tiempo, juez implacable, dará la razón a unos u otros. Mientras tanto, la Iglesia, ese gigante con pies de barro, sigue su camino, entre la pompa y la circunstancia, entre la fe y la duda, entre la esperanza y la resignación.
La pregunta sigue en el aire, flotando como el incienso en la Capilla Sixtina: ¿Rugirá este León o se limitará a maullar ante la presión de la curia? ¿Será un verdadero agente de cambio o simplemente un capítulo más en la larga historia de una institución que se resiste a abandonar su zona de confort? Solo el futuro lo dirá. Por ahora, nos queda observar, analizar, y quizás, rezar, cada uno a su manera, por el destino de la Iglesia y del mundo. Porque, al fin y al cabo, todos, creyentes y no creyentes, compartimos el mismo planeta, la misma fragilidad, la misma esperanza.
Fuente: El Heraldo de México