12 de mayo de 2025 a las 23:50
Descubre la cantina centenaria de la CDMX
Imagina la Ciudad de México en 1874. El polvo se levanta tras las carretas, los ecos de la Revolución aún resuenan en las calles, y el aroma a cambio se mezcla con el incienso que aún escapa tímidamente de las iglesias. En este escenario de reconstrucción, de tensiones entre lo nuevo y lo viejo, nace un oasis: El Gallo de Oro. No era solo una cantina, era un reflejo de la sociedad en plena transformación.
Mientras la nación se debatía entre el legado de Juárez y el futuro incierto, hombres de negocios con sombreros de copa y bigotes impecables se sentaban codo a codo con políticos de mirada afilada, discutiendo el porvenir del país entre sorbos de tequila y el tintineo de las copas. Escritores como Mariano Azuela, quizá inspirándose en las conversaciones a su alrededor, plasmaban en sus libretas las crónicas de una época convulsa. Incluso figuras oscuras, como el siniestro Gregorio Cárdenas, se mezclaban entre la multitud, ocultando sus secretos bajo el velo de la aparente normalidad.
El Gallo de Oro, testigo silencioso de la historia, ha visto desfilar presidentes, artistas, revolucionarios y ciudadanos comunes. Sus paredes, impregnadas del humo de innumerables cigarrillos y las risas de generaciones, guardan las confidencias susurradas, los acuerdos sellados y las historias que nunca se contaron fuera de sus puertas. Ha resistido estoicamente los embates del tiempo: terremotos que sacudieron la ciudad hasta sus cimientos, inundaciones que convirtieron las calles en ríos y pandemias que paralizaron al mundo. Pero ahí sigue, firme como un roble, ofreciendo refugio y un trago de historia a quien se atreva a cruzar su umbral.
Hoy, más de un siglo después, El Gallo de Oro no es una reliquia del pasado, sino un espacio vivo y vibrante. El murmullo de las conversaciones sigue llenando el aire, aunque los temas hayan cambiado. La luz tenue de las lámparas ilumina rostros nuevos, pero la esencia permanece intacta. Puedes sentarte en la misma mesa que ocupó Justo Sierra y saborear un cabrito, imaginando las tertulias literarias que se celebraban allí. O quizás prefieras un jugo de carne con ostiones, el mismo que revitalizaba a los hombres de negocios después de una larga jornada en la Bolsa.
El menú ejecutivo, con sus 180 pesos, es un guiño a la modernidad, una adaptación a los tiempos que corren. Pero la paella a la valenciana y los exóticos escamoles nos recuerdan la tradición, la herencia culinaria que se ha mantenido viva a través de las décadas. El Gallo de Oro es más que una cantina; es un viaje en el tiempo, una experiencia sensorial que nos conecta con el alma de la Ciudad de México. Es un lugar donde el pasado y el presente se entrelazan, creando una atmósfera única e irrepetible. Así que, la próxima vez que busques un lugar con historia, con carácter, con sabor a México, no lo dudes: El Gallo de Oro te espera con las puertas abiertas.
Fuente: El Heraldo de México