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12 de mayo de 2025 a las 05:45

Descubre el alma sonora de la CDMX

La nostalgia hecha música: El organillo, una melodía que resuena en el corazón de México.

A finales del siglo XIX, mientras el Porfiriato llegaba a su ocaso y los aires de revolución comenzaban a soplar, un nuevo sonido se colaba en las elegantes salas de las familias acaudaladas de la Ciudad de México. No era la música de una orquesta, ni el canto de un solista, sino una melodía mecánica, repetitiva y a la vez cautivadora, que emanaba de una enigmática caja de madera. Se trataba del organillo, un instrumento que, con el simple girar de una manivela, llenaba el ambiente con una sonoridad única, teñida de una melancolía que parecía evocar tiempos pasados.

Importados desde Alemania por la prestigiosa casa Wagner & Levien, proveedora de pianos e instrumentos musicales para la élite porfiriana, los organillos se convirtieron rápidamente en el centro de atención en las fiestas y reuniones de la alta sociedad. Eran, en esencia, el equivalente a las modernas bocinas, ofreciendo una selección de melodías precargadas, siempre a la vanguardia de las tendencias musicales del momento. Compactos y fáciles de operar, no requerían de un conjunto musical completo, bastaba con la fuerza de un brazo girando la manivela para inundar el espacio con su peculiar encanto.

El éxito del organillo no pasó desapercibido para Wagner & Levien, quienes vislumbraron un nuevo y lucrativo negocio. No solo vendían estos aparatos, sino que también los alquilaban, ofreciendo a particulares la oportunidad de generar ingresos llevando la música del organillo a las plazas públicas, parques y reuniones privadas. Pronto, otras casas de instrumentos musicales, como Frati & Company, se sumaron a la producción e importación de estos aparatos, popularizando aún más su presencia en la vida cotidiana de la ciudad.

Aunque su fabricación cesó alrededor de 1930, el organillo nunca dejó de sonar en las calles de la Ciudad de México, especialmente en el Centro Histórico, donde su música se entrelazó con el bullicio y el ajetreo, creando una identidad sonora única e inconfundible. La imagen del organillero, ataviado con su característico uniforme beige –pantalón, camisola y quepí estilo militar–, se convirtió en un ícono de la capital. Se dice que este uniforme, cuyas razones de origen permanecen en la incertidumbre, se inspiró en "Los Dorados" de Pancho Villa, la legendaria escolta personal del Centauro del Norte.

Ya sea apoyado en un mástil de madera o, en tiempos más recientes, sobre un carrito con ruedas, el organillero y su instrumento son una presencia constante en el paisaje urbano. Sus melodías, desde el entrañable "Cielito Lindo" hasta la icónica "La Bikina", resuenan como ecos del pasado, testimonios de una ciudad en constante transformación. Son la banda sonora nostálgica de millones de personas, un recordatorio musical de la historia y las tradiciones que laten en el corazón de México. El organillo, más que un instrumento, es un símbolo de perseverancia, una melodía que ha desafiado el paso del tiempo y que continúa vibrando en el alma de la ciudad.

Fuente: El Heraldo de México