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10 de mayo de 2025 a las 12:15
El Desgarrador Dilema de la Maternidad Tras las Rejas
El silencio que rodea a las miles de madres que cumplen condena en las cárceles mexicanas es ensordecedor. Imaginen el peso de la privación de libertad, la angustia de la separación familiar, y ahora súmenle la desgarradora realidad de criar a un hijo entre rejas. El Inegi nos pinta un panorama sombrío: casi 13,300 mujeres tras las rejas, y un 85% de ellas, madres. Son mujeres que, además del castigo penal, cargan con la cruz de la maternidad en un entorno hostil, donde la palabra “dignidad” parece un lujo inalcanzable.
Se les llama "los angelitos de la prisión", una denominación agridulce que esconde la cruda realidad de estos pequeños, condenados a compartir el encierro de sus madres hasta los tres años. ¿Qué futuro les espera a estos niños que, en sus primeros pasos, solo conocen los muros grises y las frías rutinas de un penal? Si tienen suerte, una familia extendida los acogerá. Si no, el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) se convierte en su nuevo hogar, un destino incierto que añade otra capa de dolor a la separación materna.
Merche Becker, cofundadora de La Cana, una organización que tiende la mano a estas mujeres, nos revela la precariedad de su situación. No se trata solo de la falta de libertad, sino de la ausencia de condiciones mínimas para una vida digna, tanto para las madres como para sus hijos. Las cárceles femeninas, en su mayoría, no están diseñadas para las necesidades específicas de las mujeres, mucho menos para las de los niños. El hacinamiento, la falta de servicios básicos, el acceso restringido a la higiene, son solo algunos de los obstáculos que enfrentan a diario.
La Encuesta Nacional de Personas Privadas de la Libertad del Inegi, realizada en 2024, pone cifras a esta tragedia: más de 500 menores de tres años viviendo en cárceles, la mayoría concentrados en Nuevo León, Ciudad de México, Veracruz, Estado de México y Guerrero. De los 110 centros de reclusión con mujeres, solo once cuentan con espacios dedicados a la maternidad, y apenas 27 tienen áreas para la educación temprana. ¿Cómo puede un niño desarrollarse plenamente en un ambiente tan desprovisto de estímulos, de contacto con la naturaleza, de la simple alegría de jugar?
El testimonio de Marta "N", exinterna de un penal del área metropolitana, nos ofrece una mirada desgarradora a la vida dentro de estos muros. Partos asistidos por compañeras de celda, la dependencia de la caridad para obtener ropa y pañales, la lucha constante por la supervivencia en un entorno donde la escasez es la norma. El Inegi confirma esta realidad: prácticamente no hay ropa, zapatos ni materiales educativos para los niños, y la gran mayoría carece de juguetes.
Imaginen la angustia de una madre que, además de lidiar con su propia situación, debe preocuparse por la alimentación, la salud y el bienestar de su hijo en un ambiente tan precario. La falta de acceso a una nutrición adecuada, la exposición a condiciones insalubres, la ausencia de estímulos para su desarrollo, son factores que pueden marcar la vida de estos pequeños para siempre.
Y luego llega el día inevitable, el tercer cumpleaños, la fecha límite para la convivencia entre madre e hijo. La separación, un desgarramiento para cualquier madre, se convierte en una herida profunda para estas mujeres que, al dolor del encierro, deben sumar la angustia de perder a sus hijos. ¿Qué futuro les espera a estos pequeños? ¿Cómo sanar las heridas de una infancia marcada por la prisión? Son preguntas que nos interpelan como sociedad y nos obligan a reflexionar sobre la necesidad de un sistema penitenciario más humano, que tenga en cuenta las necesidades específicas de las mujeres y, sobre todo, que proteja el bienestar de los niños, los "angelitos" olvidados tras las rejas.
Fuente: El Heraldo de México