10 de mayo de 2025 a las 09:20
Descubre la magia del 8 de mayo
La expectación era palpable. Un murmullo constante, como el rumor del mar antes de la tormenta, recorría la Plaza de San Pedro. Miles de rostros alzados, expectantes, fijos en la chimenea de la Capilla Sixtina, una aguja discreta que se recortaba contra el cielo romano, cargado de historia y de presagios. Las gaviotas, ajenas al drama humano que se desarrollaba bajo sus alas, sobrevolaban la plaza, puntuando la espera con sus graznidos. El tiempo parecía estirarse, cada minuto una eternidad. Los periodistas, apiñados en el sector reservado para la prensa, consultábamos una y otra vez nuestros relojes, la tensión reflejada en nuestros rostros. Habíamos llegado de todas partes del mundo, atraídos por el magnetismo de un ritual ancestral, la elección del nuevo Papa, un evento que, a pesar de la modernidad y el avance tecnológico, seguía cautivando la atención del planeta.
Los días previos habían sido un hervidero de rumores y especulaciones. Los nombres de los cardenales Parolín, Zuppi y Pizzaballa resonaban con fuerza, alimentados por la prensa italiana que, con apasionado fervor patriótico, anhelaba el regreso de un Papa italiano al trono de San Pedro. Las casas de apuestas, con su pragmatismo terrenal, habían abierto sus plataformas a los pronósticos, convirtiendo la fe en una oportunidad de lucro. Las filtraciones, como susurros en la oscuridad, alimentaban las conjeturas y mantenían la incertidumbre en su punto álgido. Un cónclave envuelto en un halo de misterio, como una obra de teatro cuyo desenlace se mantenía celosamente guardado.
La seguridad, un termómetro infalible del momento crucial, se había intensificado. Los movimientos de policías, carabinieri, militares y voluntarios se habían vuelto más frenéticos, sus rostros reflejaban la responsabilidad del momento. Las revisiones se habían vuelto minuciosas, cada bolsa, cada mochila, escrutada con meticulosidad. Los espacios se despejaban, preparándose para la avalancha humana que se avecinaba. Se desplegaban paramédicos, listos para atender cualquier contingencia. El aire se cargaba de electricidad.
De pronto, cuando la resignación empezaba a apoderarse de la plaza, cuando ya casi se daba por hecho que la “fumata de las siete” sería negra, un hilo blanco comenzó a ascender tímidamente desde la chimenea de la Sixtina. Un rugido recorrió la plaza, una explosión de júbilo contenido que se transformó en un clamor ensordecedor. La multitud se agitaba, una marea humana que fluía hacia la basílica. Los 150 mil esperados, quizá más, habían llegado. Los periodistas, en una carrera contra el tiempo, nos lanzamos sobre nuestros dispositivos, ansiosos por transmitir la noticia al mundo. La demanda de ancho de banda colapsó las redes, en una batalla digital por la primicia.
Y entonces, en las pantallas gigantes, la imagen que ya habíamos visto en televisión, pero que ahora cobraba una nueva dimensión: el primer Papa americano. Robert Francis Prevost. León XIV. Un silencio inicial, una sorpresa que congeló el aliento, seguida de una ovación espontánea, sin la euforia desbordada que se hubiera esperado. Y luego, su aparición en el balcón, vestido de blanco y rojo, con la dignidad y la solemnidad que imponía la vestimenta papal. Su voz, calma y firme, resonó en la plaza. "Tiene cara de hombre bueno", comentó alguien a mi lado. El mundo, por un instante, pareció respirar con más calma. Una nueva página de la historia comenzaba a escribirse. Una historia que nosotros, testigos privilegiados, tendríamos el honor de contar.
Fuente: El Heraldo de México