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9 de mayo de 2025 a las 09:30

Supera la Apatía

La apatía, ese manto gris que se extiende sobre la voluntad, se ha convertido en una silenciosa epidemia en nuestro tiempo. Nos encontramos con ella en la mirada esquiva del vecino, en el silencio cómplice ante la injusticia, en la resignación que susurra "para qué intentar cambiar las cosas". Y como psicóloga, les confieso, me enfrento a esta realidad con una creciente inquietud. Tratar de conectar con alguien que ha renunciado a conectar con el mundo, con alguien que ha apagado la llama de la empatía, es como navegar en un mar de bruma densa. ¿Cómo tender un puente hacia alguien que ha demolido todos los accesos a su interior?

La justificación, a menudo disfrazada de pragmatismo, resuena con la letanía del “ya nada se puede hacer”. Las noticias, portadoras de la crudeza del mundo, se evitan como si fuesen una enfermedad contagiosa. La violencia, la injusticia, la corrupción, se convierten en un ruido de fondo, en un paisaje borroso que preferimos ignorar. “¿Para qué desgastarnos?”, se preguntan, como si la indignación, la lucha, la esperanza, fuesen un lujo que ya no podemos permitirnos.

Pero este supuesto pragmatismo es, en realidad, una trampa. Es la rendición ante la complejidad del mundo, la abdicación de nuestra responsabilidad como seres humanos. Cerrar los ojos ante la realidad no la hace desaparecer, solo nos convierte en cómplices pasivos de su perpetuación. El "valemadrismo" se convierte en un virus que corroe el tejido social, nos aísla, nos fragmenta, nos impide construir un futuro mejor.

Y sí, el mundo está revuelto. Las guerras, las atrocidades, la desigualdad, nos golpean con la fuerza de un huracán. Pero precisamente por eso, la indiferencia es la peor respuesta posible. Es la entrega a la oscuridad, la renuncia a la luz que cada uno de nosotros llevamos dentro. Es el silencio que permite que el mal se propague, que la injusticia se arraigue, que la esperanza se extinga.

Porque la apatía no es neutralidad, es un acto de profunda negación. Es la negación del otro, de su sufrimiento, de su dignidad. Es la negación de nosotros mismos, de nuestra capacidad de sentir, de actuar, de transformar. Es la negación de la vida misma, que palpita en la lucha, en la resistencia, en la búsqueda constante de un mundo más justo y humano.

No podemos, no debemos, conformarnos con la apatía. Tenemos la responsabilidad de despertar, de conectar, de actuar. De romper el silencio cómplice y alzar la voz ante la injusticia. De construir puentes de empatía y solidaridad, de tejer redes de esperanza que nos permitan enfrentar los desafíos de nuestro tiempo. Porque la indiferencia no es una opción, es una condena. Y el futuro, aunque incierto, se construye con la fuerza de la voluntad, con la pasión de la justicia, con el fuego inextinguible de la esperanza.

Fuente: El Heraldo de México