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10 de mayo de 2025 a las 00:40

Fito Páez a favor de los narcocorridos: No a la censura

La controversia desatada por Fito Páez en México respecto a la prohibición de los narcocorridos nos invita a una reflexión profunda sobre la compleja relación entre arte, realidad y censura. El músico argentino, con la contundencia que lo caracteriza, ha puesto el dedo en la llaga al afirmar que silenciar a los artistas no es la solución a la problemática del narcotráfico. ¿Acaso tapar el sol con un dedo hará desaparecer la inmensa sombra que proyecta? La respuesta, evidentemente, es no.

Los narcocorridos, guste o no, son un espejo, a veces distorsionado, a veces brutalmente honesto, de una realidad lacerante. Son la crónica musical de una guerra silenciosa que se libra en las calles y que deja a su paso un reguero de dolor y muerte. Prohibirlos, como pretende hacer algunos sectores, sería como quemar los libros de historia por el simple hecho de que narran acontecimientos desagradables. Sería negar la existencia de un problema que, aunque nos incomode, está ahí, latente y amenazante.

La postura de Páez, lejos de ser una apología del narcotráfico, es una defensa de la libertad de expresión y del papel del arte como vehículo de denuncia social. El rockero argentino no está diciendo que los narcocorridos sean buenos o malos, simplemente está afirmando que existen, que son una manifestación cultural que nace del dolor y la violencia, y que intentar silenciarlos es un acto de censura que no contribuirá en nada a resolver el problema de fondo.

Es comprensible la preocupación de quienes ven en los narcocorridos una glorificación del crimen organizado y una influencia negativa para la juventud. Sin embargo, la solución no radica en la prohibición, sino en la educación, en la creación de oportunidades, en la construcción de un tejido social más sólido que ofrezca alternativas reales a la seducción del dinero fácil y el poder ilícito.

El debate sobre los narcocorridos es, en realidad, un debate sobre la sociedad mexicana, sobre sus contradicciones, sus heridas y sus esperanzas. Es un debate que debe darse en todos los ámbitos, desde las aulas hasta los congresos, desde las calles hasta los medios de comunicación. Y en ese debate, la voz de los artistas, como la de Fito Páez, debe ser escuchada, aunque nos incomode, aunque nos desafíe a mirar de frente la realidad que preferiríamos ignorar.

Por otro lado, es importante analizar el contexto en el que se producen estas canciones. ¿Quiénes son los que las escuchan? ¿Qué significado tienen para ellos? ¿Son simplemente una forma de entretenimiento o representan algo más profundo? Estas preguntas son cruciales para entender el fenómeno de los narcocorridos y para encontrar soluciones que vayan más allá de la simple prohibición.

La música, como cualquier otra forma de arte, tiene el poder de reflejar la realidad, por cruda que sea. Los narcocorridos, con sus letras explícitas y sus melodías a menudo melancólicas, nos muestran una cara de México que muchos preferirían no ver. Pero es precisamente esa capacidad de mostrar lo incómodo, lo doloroso, lo que convierte al arte en una herramienta poderosa para la transformación social.

En lugar de censurar, deberíamos preguntarnos por qué existen los narcocorridos. ¿Qué vacíos sociales llenan? ¿Qué necesidades expresan? Solo a través del diálogo, la comprensión y la búsqueda de soluciones integrales podremos superar la problemática del narcotráfico y construir un futuro más justo y pacífico para México. La música, en lugar de ser silenciada, debería ser parte de esa conversación.

Fuente: El Heraldo de México