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8 de mayo de 2025 a las 19:25
El cielo nocturno de los faraones
Sumérjanse en un viaje al pasado, a las orillas del Nilo, donde la majestuosidad de los faraones se entrelazaba con la profunda sabiduría de los cielos. Un nuevo estudio, liderado por el astrofísico Or Graur de la Universidad de Portsmouth, nos desvela un secreto milenario oculto en los sarcófagos del Antiguo Egipto: una posible representación de nuestra galaxia, la Vía Láctea, en el arte funerario de hace más de tres milenios. Imaginen la escena: el ataúd de Nesitaudjatakhet, una cantora del templo de Amón-Ra, yace ante nosotros. Sobre su superficie, la imponente figura de Nut, diosa del cielo, se extiende en un abrazo cósmico. Pero no es una imagen cualquiera de la deidad. Una línea oscura, ondulante, atraviesa su cuerpo estrellado, como una grieta en la inmensidad celestial. Esta línea, según los investigadores, evoca la "Gran Grieta" de la Vía Láctea, esa franja de polvo interestelar que divide nuestra galaxia a la vista desde la Tierra.
No se trata de una representación cartográfica precisa, sino de una interpretación artística, una pincelada de genio que revela la profunda conexión de los antiguos egipcios con el cosmos. Nut, más que una diosa, era la personificación misma del cielo, un lienzo sobre el que se proyectaban los misterios del universo. Este descubrimiento no solo refuerza la conexión mitológica de Nut con los fenómenos celestes, sino que también nos habla de una comprensión astronómica sorprendente para una civilización que observaba el firmamento a simple vista.
¿Cómo lograron los antiguos egipcios, sin telescopios ni instrumentos modernos, percibir la sutil presencia de la Gran Grieta? ¿Qué significado le atribuían a esta franja oscura que dividía el río de estrellas? La respuesta, quizás, se encuentre en la propia cosmovisión egipcia, donde el cielo no era un espacio distante e inerte, sino un elemento activo y vital, íntimamente ligado a la vida, la muerte y el renacimiento. Recordemos que Nut, en su danza celestial, acogía a los difuntos en su viaje al más allá. Su cuerpo arqueado, salpicado de estrellas, era la puerta a la eternidad, el puente entre el mundo terrenal y el reino divino.
Este hallazgo nos invita a reflexionar sobre la profunda sabiduría de las culturas antiguas, su capacidad para observar, interpretar y plasmar en su arte la grandeza del universo. Nos recuerda que la ciencia y el arte, la religión y la astronomía, no siempre fueron disciplinas separadas, sino que se entrelazaban en una búsqueda común de significado y comprensión del mundo que nos rodea. La imagen de Nut, surcada por la Gran Grieta, se convierte así en un símbolo de la conexión ancestral entre la humanidad y el cosmos, un testimonio de la fascinación eterna por los misterios del cielo nocturno. ¿Qué otros secretos se ocultan aún en los jeroglíficos y las tumbas de los faraones? El tiempo, y la investigación, nos lo dirán.
Fuente: El Heraldo de México