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8 de mayo de 2025 a las 09:50
El amor más allá del "sí, quiero"
En el corazón de la Sierra Madre del Sur, donde las tradiciones ancestrales se entrelazan con la realidad de un México moderno, la historia de Miguel y Natalia nos golpea con la crudeza de una verdad incómoda: el matrimonio infantil sigue siendo una lacerante realidad. No podemos permitir que el colorido de las costumbres oculte el profundo daño que estas prácticas infligen a la niñez. Doce años, apenas un susurro en el concierto de la vida, una edad en la que los sueños deberían tejerse con juegos y fantasías, no con las pesadas cadenas de un compromiso para el que no están preparados. ¿Acaso no escuchamos sus voces silenciosas clamando por una infancia plena, por el derecho a crecer, a aprender, a descubrir el mundo a su propio ritmo?
Más allá de la indignación que nos provoca este caso particular, debemos cuestionarnos la profunda falla sistémica que lo permite. El Estado, en todas sus instancias, tiene la obligación ineludible de proteger a la infancia. ¿Dónde están los programas de prevención, las campañas de concientización, la presencia efectiva en estas comunidades vulnerables? No basta con reaccionar cuando el escándalo estalla en las redes sociales. Necesitamos acciones concretas, sostenidas, que permeen el tejido social y transformen desde la raíz estas prácticas nocivas.
La responsabilidad no recae únicamente en las familias, aunque sin duda tienen un papel fundamental. También es responsabilidad de los gobiernos municipales, estatales y federales. ¿Qué hacen las autoridades locales para erradicar estas prácticas? ¿Cómo se asegura el acceso a la educación, a la salud, a una vida digna para estos niños? No podemos seguir mirando hacia otro lado, escudándonos en el respeto a las tradiciones. Ninguna tradición que vulnere los derechos fundamentales de un niño puede ser tolerada.
El caso de Miguel y Natalia es un síntoma de un mal mayor. Es el reflejo de una desigualdad profunda, de una falta de oportunidades, de un abandono institucional que deja a la niñez a merced de prácticas ancestrales que, lejos de protegerlos, los condenan a un futuro incierto.
Y mientras en la sierra guerrerense dos niños ven su infancia robada, en la frontera norte, en Ciudad Juárez, otra tragedia se desarrolla. Niños migrantes, solos, vulnerables, expuestos a la violencia, la explotación y el abandono. Huyendo del horror en sus países de origen, se encuentran con un nuevo infierno en la tierra que debería ofrecerles refugio. ¿Qué estamos haciendo para proteger a estos pequeños? ¿Dónde está la solidaridad, la empatía, la humanidad? No podemos permitir que la niñez migrante se convierta en una estadística más, en una nota al margen de la vorágine informativa.
La infancia es el futuro. Protegerla es nuestra responsabilidad. No podemos fallarles. No podemos seguir siendo cómplices de su sufrimiento con nuestro silencio y nuestra inacción. Es tiempo de alzar la voz, de exigir justicia, de construir un México donde todos los niños tengan la oportunidad de vivir una infancia plena y feliz. El tiempo se agota. Cada día que pasa, más niños ven sus sueños truncados, sus derechos vulnerados, su futuro hipotecado. No podemos permitirlo.
Fuente: El Heraldo de México