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7 de mayo de 2025 a las 09:30

Renueva tu Fe

La herida de Oriente Medio supura de nuevo, una llaga abierta por décadas de conflicto que se niega a cicatrizar. La crisis actual entre Israel y Gaza, o más ampliamente, entre Israel y Palestina, es la manifestación más reciente de un enfrentamiento arraigado en reclamos territoriales ancestrales, una disputa por la tierra que ambos bandos consideran suya por derecho divino y histórico. Como una infección que se enquista, esta nueva crisis se suma a otras sin resolver, perpetuando un ciclo de violencia y dolor que parece no tener fin.

El gobierno de Benjamin Netanyahu, bajo la presión de una opinión pública impaciente y con la visita inminente del presidente estadounidense Donald Trump, habla de "medidas finales". Un eufemismo que presagia una escalada militar de imprevisibles consecuencias, a menos que se logre un acuerdo para la liberación de los rehenes y un alto el fuego en los próximos días. Hamás, aferrado a una veintena de los más de doscientos rehenes capturados en su audaz y sangrienta incursión del 7 de octubre, se convierte en una pieza clave de este complejo tablero geopolítico.

El espectro de un control total de la Franja de Gaza por parte de Israel se cierne sobre la región. Un escenario que implicaría el desplazamiento, quizás definitivo, de dos millones de palestinos, una medida que alimentaría las aspiraciones expansionistas de ciertos sectores dentro de Israel y que sin duda encontraría resistencia en la comunidad internacional. Más allá de las justificaciones oficiales, algunos analistas apuntan a la propia situación política de Netanyahu, acosado por acusaciones de corrupción, y ven en esta crisis una maniobra para desviar la atención y consolidar su poder.

La imagen de Israel en el mundo se ha visto profundamente afectada. Las protestas propalestinas se multiplican a lo largo y ancho del planeta, generando una creciente ola de indignación y cuestionamiento a las políticas del Estado hebreo. En un intento por contener este descontento, aliados de Israel, especialmente en Estados Unidos, han promovido medidas que vinculan el apoyo a la causa palestina con la represión académica y legal, un peligroso precedente que limita la libertad de expresión y el debate crítico.

En este contexto, tomar partido se convierte en un acto casi imposible. ¿Cómo justificar las atrocidades cometidas por ambos bandos, las vidas inocentes segadas por la violencia, el sufrimiento infligido a poblaciones enteras? La historia de ambos pueblos está marcada por el dolor y la injusticia. Los judíos, perseguidos durante siglos, encontraron en la creación del Estado de Israel un refugio, una promesa de seguridad y autodeterminación. Los palestinos, por su parte, se vieron desplazados y desposeídos de sus tierras, víctimas de las convulsiones de la historia y de la simpatía internacional generada por el Holocausto.

Ambas partes reclaman justicia, ambas invocan el derecho a la supervivencia. Sin embargo, las explicaciones simplistas resultan insuficientes para comprender la complejidad de este conflicto enquistado, una tragedia que se ha transformado en una cuestión de fe, de lealtades y creencias personales, donde la razón parece haber perdido su voz. Mientras tanto, la herida sigue abierta, supurando dolor y desesperanza en el corazón de Oriente Medio. ¿Cuándo llegará el momento de la sanación? ¿Cuándo se impondrá la voz del diálogo y la reconciliación sobre el clamor de las armas?

Fuente: El Heraldo de México