7 de mayo de 2025 a las 09:35
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La espectacular eliminatoria de Champions, con un Barcelona que disparó 41 veces a puerta, nos dejó una lección imborrable: las ofensivas ganan partidos, pero las defensas, campeonatos. El Inter, con la mitad de los intentos, demostró una contundencia letal, regalándonos siete goles y un boleto a la final. El juego del Barça, reminiscente del Cruyffismo pero sin el equilibrio necesario, se vio opacado por las fragilidades defensivas que les persiguieron toda la temporada. ¿De qué sirve emular el estilo de juego del legendario holandés si la retaguardia se asemeja a un coladero?
Recordemos los 163 goles del Bayern de Múnich de Flick, una cifra estratosférica, más de tres por partido. Con esa capacidad ofensiva, cualquier equipo estaría aspirando al sextete. Sin embargo, el Barcelona, con su desequilibrio, nos demostró que la exuberancia en ataque no lo es todo. Ya desde la primera vuelta se advertía que este ritmo goleador no sería sostenible sin una defensa sólida. Partidos como contra el Atlético de Madrid o el Benfica, donde encajaron cuatro goles, eran señales de alarma que el equipo ignoró, pagando el precio en el momento crucial de la temporada.
El dominio del Barcelona en posesión, tiros a puerta y goles esperados fue estéril. La frustración debe ser inmensa, especialmente para jugadores como Raphinha, quien con números de Balón de Oro e igualando la mejor campaña de Champions en ataque, ve cómo el esfuerzo colectivo se diluye por las carencias defensivas. Aun así, el simple hecho de llegar a estas instancias, considerando la situación casi terminal de años anteriores, ya es un logro. La clave para el futuro es clara: invertir en defensa. Solo así, con un equilibrio entre ataque y defensa, podrán aspirar a construir una dinastía, aprovechando el talento joven de Lamine Yamal, Pau Cubarsí, Gavi, Pedri, entre otros.
Cambiando de tercio, hablemos del nauseabundo Play-In del fútbol mexicano. ¿Hasta cuándo, brillantes directivos? Con el sarcasmo a flor de piel, observamos cómo en cada torneo con este formato, el séptimo y octavo lugar terminan clasificando, dejando en ridículo la irrupción del noveno y décimo. Si bien la justicia deportiva podría justificar la inclusión de estos equipos, la pérdida de tiempo y ritmo de competencia para los que hicieron mejor las cosas durante la temporada regular es innegable. Diecisiete días de espera, que lejos de beneficiar con descanso, perjudican a equipos que pierden el ritmo competitivo. Exceptuando Tigres y Cruz Azul, con actividad en CONCACAF, el resto ha estado en un compás de espera que puede marcar la diferencia.
Esta nefasta decisión aleja a la afición, especialmente a las nuevas generaciones, de los estadios. La pasión que sentíamos antes, cuando nos sabíamos hasta la alineación de los Tecos con todo y banca, se va diluyendo. Es imperativo que en la próxima asamblea se erradique este formato perjudicial para el espectáculo. El fútbol mexicano necesita decisiones que lo fortalezcan, no que lo debiliten. La afición lo exige, el futuro del balompié nacional lo demanda.
Fuente: El Heraldo de México