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7 de mayo de 2025 a las 09:35
¿Apocalipsis AHORA?
La fascinación por el apocalipsis no es nueva. Desde las pinturas rupestres que narraban la lucha contra bestias descomunales hasta las épicas bíblicas que anunciaban el fin del mundo con fuego y azufre, la humanidad siempre ha sentido una extraña atracción por su propia destrucción. Es una danza macabra entre el terror y la curiosidad, una forma de confrontar lo inevitable, de explorar los límites de nuestra existencia. Hoy, esa fascinación se manifiesta en las pantallas que iluminan nuestros hogares. Las plataformas de streaming capitalizan este morbo ancestral, ofreciendo un buffet de catástrofes a la carta: ciudades devastadas por virus letales, invasiones alienígenas, desastres naturales de proporciones bíblicas. Consumimos estas narrativas apocalípticas con avidez, buscando quizás una catarsis, una forma de exorcizar nuestros propios miedos en la seguridad de la ficción.
Pero la representación del fin no es exclusiva del entretenimiento moderno. El arte, en todas sus manifestaciones, ha sido un testigo privilegiado del ocaso, un cronista de la decadencia y la destrucción. Brueghel el Viejo, con su magistral "El triunfo de la muerte", nos ofrece una visión descarnada de la peste negra, un recordatorio brutal de la fragilidad de la vida. La escena, un festín macabro de esqueletos danzantes y cadáveres amontonados, nos golpea con la crudeza de una realidad que, aunque lejana en el tiempo, resuena con inquietante familiaridad en nuestros días.
El cuadro en el museo de Torun, con su gobernante ajeno a la daga que se acerca, nos habla de la traición, de la inevitable caída de los poderosos. Es una metáfora de la vulnerabilidad humana, de la precariedad del poder, una premonición de la desgracia que se cierne sobre nosotros, imperceptible para aquellos que están embriagados por la celebración. La obra nos susurra al oído: la tragedia siempre acecha, la espada de Damocles pende sobre nuestras cabezas, incluso en los momentos de mayor esplendor.
Patricia Simón, en su libro "Miedo", nos recuerda que la historia de la humanidad es una vasta fosa común. Construimos nuestras civilizaciones sobre los escombros de imperios caídos, sobre los huesos de aquellos que nos precedieron. La barbarie no es la excepción, sino la regla, una constante en la historia de la humanidad, especialmente cuando la supervivencia está en juego.
El periodismo, en su afán por documentar la realidad, se enfrenta a la paradoja de Casandra: advertir sobre los peligros que acechan, pero no ser escuchado. El ciclo informativo, voraz e implacable, engulle las noticias con la misma rapidez con la que las produce. Las alertas se diluyen en el ruido mediático, las advertencias se pierden en el mar de información. El cambio climático, las pandemias, las guerras… Los titulares se suceden, unos a otros, como olas que rompen en la orilla, dejando tras de sí una sensación de impotencia y resignación.
Nos hemos acostumbrado a vivir en un estado de precariedad permanente, bajo la sombra de una catástrofe inminente. El fin del mundo se ha convertido en un espectáculo recurrente, una narrativa que consumimos con una mezcla de fascinación y horror. Quizás, al confrontar nuestros miedos más profundos en la ficción, buscamos una forma de prepararnos para lo inevitable, de encontrar un atisbo de esperanza en la oscuridad que nos rodea. O quizás, simplemente, nos hemos resignado a nuestro destino, a ser meros espectadores de nuestra propia destrucción.
Fuente: El Heraldo de México