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6 de mayo de 2025 a las 10:00

Zedillo: ¿Distracción o realidad?

Muchos nos hemos topado con esa sensación incómoda: una noticia que nos parece trivial domina la conversación pública, relegando temas que consideramos cruciales. Ante esta disonancia, algunos optan por la salida fácil: etiquetar la noticia como "distractor", una herramienta de manipulación. Esta postura no sólo peca de simplista, sino que además denota una preocupante tendencia a creer en teorías conspirativas, imaginando un ente todopoderoso que controla la información a su antojo. Implica, además, una arrogancia intelectual al asumir que uno posee la verdad absoluta sobre la relevancia de un tema.

Una alternativa más inteligente es preguntarnos por qué esa noticia en particular ha capturado la atención pública. ¿Qué resortes ha tocado? ¿Qué intereses, poderes y sensibilidades refleja? Analizar este fenómeno nos permite comprender mejor el complejo ecosistema de la opinión pública, con sus dinámicas a menudo invisibles. Es un ejercicio de humildad intelectual, un reconocimiento de que la percepción de la realidad es subjetiva y está condicionada por múltiples factores.

Aún más enriquecedor es cuestionar nuestros propios prejuicios. ¿Por qué consideramos irrelevante esa noticia? ¿Qué nos hace pensar que no merece la atención que recibe? Este ejercicio de introspección nos abre a la posibilidad de estar equivocados, una posibilidad que, como diría Karl Popper, es el motor del conocimiento. Nos permite desmantelar nuestros sesgos y ampliar nuestra comprensión del mundo.

El reciente debate en torno a las declaraciones del expresidente Ernesto Zedillo ilustra perfectamente este punto. Algunos han tildado sus intervenciones de "gran distractor", un intento de desviar la atención de los problemas actuales del país, como la inseguridad y la economía. Sin embargo, esta interpretación me parece errónea y superficial.

Lejos de ser un debate sobre el pasado, las palabras de Zedillo nos confrontan con la preocupante regresión autoritaria que México ha experimentado en los últimos años. El intento del gobierno actual de desviar la conversación hacia el sexenio de Zedillo es, en realidad, una muestra de su incapacidad para refutar los argumentos del expresidente. Es una maniobra defensiva que revela la fragilidad de su discurso.

La fuerza de las afirmaciones de Zedillo reside, precisamente, en su veracidad. En el contexto actual, sus advertencias sobre el futuro de la judicatura son no solo pertinentes, sino alarmantes. Lo extraño sería que sus palabras pasaran desapercibidas. Silenciarlas, minimizar su importancia, sería un grave error.

Tildar a Zedillo de "distractor" revela una miopía preocupante. No se trata de un simple debate local, sino de una tendencia global. El discurso de López Obrador y Sheinbaum se asemeja al de otros líderes populistas que, amparados en un supuesto mandato popular, desmantelan las instituciones democráticas.

Zedillo no es un distractor, sino una voz de alarma. Sus palabras, claras y contundentes, nos advierten sobre un peligro inminente. Ignorarlas sería un acto de irresponsabilidad. Es momento de escuchar, de analizar y, sobre todo, de actuar. La democracia está en juego, y no podemos permitirnos el lujo de la indiferencia.

Fuente: El Heraldo de México