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6 de mayo de 2025 a las 10:01

Revolución Papal

El mundo se despierta hoy con un vacío inmenso. La noticia del fallecimiento del Papa Francisco ha resonado en cada rincón del planeta, dejando una profunda tristeza en millones de corazones. Su figura, más allá de la cabeza de la Iglesia Católica, representaba un faro de esperanza, un símbolo de humildad y un constante llamado a la bondad en un mundo a menudo convulso. Su mensaje, claro y conciso, trascendía credos y fronteras, llegando a tocar las fibras más íntimas del ser humano. Nos recordaba, día tras día, la importancia de la gratitud, de valorar cada instante como un regalo preciado, de abrir los ojos a la belleza que nos rodea y de tender la mano al prójimo. ¿Quién no recuerda sus palabras, tan sencillas como profundas, invitándonos a agradecer ese café caliente por las mañanas, el aire fresco en el rostro, la oportunidad de un nuevo comienzo? En un mundo obsesionado con la queja, Francisco nos instaba a cambiar la perspectiva, a transformar la rutina en un acto de agradecimiento, a encontrar la alegría en las pequeñas cosas.

Su legado, sin embargo, va mucho más allá de la simple gratitud. Su mensaje de inclusión, ese "todos, todos, todos" resonaba con fuerza, derribando muros de prejuicio y abriendo las puertas de la Iglesia a todos, sin distinción. Reconocía su propia falibilidad, su propia condición de pecador, y nos recordaba que el Evangelio es un abrazo universal, un camino de redención abierto a todos aquellos que buscan la luz. Su insistencia en construir puentes en lugar de muros, en tender la mano al diferente, al marginado, es un testimonio vivo de su profunda convicción en el amor y la compasión como motores del cambio.

La sencillez y austeridad que marcaron su vida, reflejadas incluso en la humilde tumba que él mismo diseñó, son un ejemplo palpable de su desapego a lo material y su enfoque en los valores espirituales. Desde su Argentina natal, donde de niño jugaba al fútbol en los potreros de Flores, hasta el Vaticano, su pasión por este deporte le permitía conectar con la gente, utilizándolo como metáfora de la importancia del trabajo en equipo y la colaboración. "No puedes divertirte solo", decía a los jóvenes, recordándoles que la vida es un juego que se disfruta mejor en compañía, compartiendo alegrías y superando obstáculos juntos.

La partida de Jorge Mario Bergoglio deja un hueco inmenso, no solo en la Iglesia Católica, sino en la humanidad entera. Su voz, que con tanta firmeza denunciaba la injusticia y promovía la paz, se ha apagado, pero sus enseñanzas permanecerán vivas en el corazón de quienes tuvimos el privilegio de escucharlas. Su llamado a la alegría, a la esperanza, a la sonrisa, es un legado que debemos atesorar y transmitir a las futuras generaciones.

En estos momentos de dolor, recordamos sus palabras: "Dios no se cansa de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón". Que esta reflexión nos inspire a seguir su ejemplo, a buscar la reconciliación, a cultivar la compasión y a construir un mundo más justo y fraterno, un mundo a la altura del sueño de Francisco. Un mundo donde la gratitud, la inclusión y la esperanza sean los pilares de una nueva humanidad.

Fuente: El Heraldo de México