6 de mayo de 2025 a las 10:01
Planifica tu despedida perfecta
La figura de Fidel Herrera, fallecido recientemente, evoca la imagen de un PRI en su apogeo, un partido que parecía tener el control absoluto del panorama político mexicano. Su famosa frase, “estoy en la plenitud del pinche poder; tengo el gobierno en la mano”, resume a la perfección la esencia de una época, una época donde el poder emanaba de las entrañas del tricolor y se extendía a todos los rincones del país. Herrera, dicharachero y carismático, encarnaba al priista clásico, aquel que navegaba con destreza las aguas de la política, tejiendo redes de influencia y construyendo un imperio a su alrededor. Ganador de la lotería en dos ocasiones, parecía tocado por la fortuna, un hombre al que el destino le sonreía, tanto en la política como en el azar.
Su trayectoria política, marcada por la controversia y el poder, lo llevó a la gubernatura de Veracruz, un estado clave en el mapa político mexicano. Desde ahí, ejerció su influencia con mano firme, dejando una huella imborrable en la historia del estado. Las anécdotas sobre su gestión son innumerables, algunas rozando lo legendario, otras sumidas en la polémica. Lo cierto es que Fidel Herrera siempre dio de qué hablar, ya fuera por sus aciertos o por sus errores. Su nombre resonaba en los pasillos del poder, en los cafés donde se discutía la política, en las calles donde la gente comentaba los avatares del gobierno.
El homenaje póstumo de Javier Duarte, su sucesor en la gubernatura de Veracruz, revela la compleja red de relaciones que Herrera cultivó a lo largo de su carrera. Duarte, condenado a prisión por corrupción, lo describe como su mentor, su amigo, el padrino de su primer hijo. Estas palabras, pronunciadas desde la cárcel, adquieren una connotación especial, una mezcla de nostalgia y reconocimiento a la figura del antiguo líder.
La muerte de Herrera nos obliga a reflexionar sobre el presente del PRI, un partido que se encuentra en una situación crítica, al borde de la desaparición. La ironía es palpable: mientras el partido se desvanece, el expresidente Ernesto Zedillo, otro priista, debate sobre la muerte de la democracia. Una paradoja que refleja la profunda crisis de identidad que atraviesa el tricolor. Zedillo, a menudo criticado por sus correligionarios, parece librar una batalla solitaria, sin el respaldo del partido que lo llevó a la presidencia. El PRI, sumido en sus propias contradicciones, no parece tener la fuerza ni la claridad para participar en un debate de tal envergadura.
El contraste entre la "plenitud del pinche poder" de Herrera y la actual insignificancia del PRI es abrumador. De tener el gobierno en la mano, el partido ha pasado a no tener nada, ni siquiera posibilidades. El priismo, como ideología, parece haber encontrado un nuevo hogar en Morena, el partido en el poder. Pero el PRI, como institución, como estructura política, se encuentra en un estado de decadencia irreversible. Sus reuniones se limitan a funerales, a encuentros nostálgicos donde se recuerda el pasado con una mezcla de melancolía y resignación. El futuro del partido es incierto, pero todo apunta a un final inevitable. El PRI, el partido que dominó la política mexicana durante décadas, parece condenado a desaparecer, a convertirse en un recuerdo, en una página de la historia.
Fuente: El Heraldo de México