6 de mayo de 2025 a las 08:40
Justicia para Aitana
La pequeña Aitana, de tan solo dos años, yace bajo el cemento frío del Jardín de la Pedrera, en Altamira. Su corta vida, que apenas comenzaba a florecer, fue brutalmente segada dentro de las paredes que debieron ser su refugio. No conoció la dulzura de un abrazo protector, la alegría de un juego inocente, la calidez de una palabra amorosa. En lugar de eso, el infierno se desató en su propio hogar, convirtiendo su existencia en un tormento indescriptible. Aitana no murió, a Aitana la arrebataron de este mundo.
Y lo que más hiela la sangre es que sus verdugos no fueron desconocidos, sino quienes debieron amarla y protegerla por encima de todo: su madre, Michel, y su padre, Luis. Ellos, que la trajeron al mundo, se convirtieron en sus torturadores, en la pesadilla que la consumió. La ironía es un puñal que se clava en el alma: quienes debieron ser su escudo, fueron su espada. Incluso en su último adiós, la crueldad persiste: fueron familiares de sus agresores quienes la sepultaron, un acto final de desdén que nos deja sin aliento.
Unas pocas flores, una corona solitaria adornan su tumba, símbolos insuficientes, tardíos, de un arrepentimiento que no borra el horror. Son un grito silencioso en medio de la desolación, una súplica de perdón que llega demasiado tarde. ¿Dónde estaban las señales? ¿Quién ignoró sus llantos desgarradores? ¿En qué momento la sociedad, la familia, las instituciones fallaron a esta pequeña criatura? El dolor es una losa pesada que aplasta el corazón, una herida abierta que supura la impotencia de no haber podido salvarla.
Hoy Aitana descansa en silencio. Ya no hay golpes, ni gritos, ni terror en sus ojos. Pero su ausencia resuena como un eco doloroso, un recordatorio constante de la fragilidad de la infancia y la monstruosidad que puede esconderse tras la fachada de un hogar. Su historia nos interpela, nos exige una reflexión profunda sobre la violencia que se oculta en las sombras, sobre la indiferencia que la alimenta.
Que la justicia no se duerma, que el peso de la ley caiga con toda su fuerza sobre quienes le arrebataron la vida. Que su caso no sea un número más en las estadísticas, sino un llamado a la acción, una exigencia de cambio. Que su memoria nos impulse a construir un mundo donde las infancias sean protegidas, donde los hogares sean santuarios de amor y no escenarios de horror. Que el cielo le conceda lo que la tierra le negó: la paz, el amor, el consuelo infinito.
El infanticidio, ese acto abominable que arrebata la vida a los más indefensos, es una lacra que nos persigue. Es la expresión más brutal de la violencia contra la infancia, una tragedia que se repite con una frecuencia alarmante, muchas veces dentro del propio hogar, tras el velo del silencio y la impunidad. Sus causas son complejas y multifacéticas, un entramado de factores que van desde la violencia doméstica y la pobreza extrema, hasta problemas de salud mental y el abandono.
Aunque existen diferencias legales entre infanticidio y homicidio, especialmente cuando el crimen es cometido por la madre en el periodo posparto, la realidad es que cada caso representa una vida perdida, una promesa truncada, una herida profunda en el tejido social.
En México, esta tragedia persiste, convirtiéndose en una dolorosa constante que nos obliga a cuestionar la eficacia de nuestros sistemas de protección infantil. Las cifras, frías e impersonales, no reflejan el dolor, la angustia, la desesperación que se esconde detrás de cada caso. Visibilizar estas historias, romper el silencio, es el primer paso para exigir justicia, para impulsar cambios, para construir un futuro donde la infancia sea sagrada, donde Aitana y todas las niñas y niños puedan vivir sin miedo, rodeados de amor y protección.
Fuente: El Heraldo de México