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6 de mayo de 2025 a las 10:00
Imparcialidad Judicial: ¿Mito o Realidad?
La intrincada red de lealtades y afectos que nos une a nuestros grupos de pertenencia, ya sea la familia, la nación o una ideología, tiñe inevitablemente nuestra percepción del mundo. Como bien señala Alberoni, ese amor incondicional, esa visceral conexión, nos vuelve vulnerables a la subjetividad, nublando nuestro juicio y dificultando la ansiada objetividad. Nos convertimos en fervientes defensores de "lo nuestro", ciegos ante las fallas y dispuestos a justificar cualquier acción, por más cuestionable que sea. Este sesgo emocional, inherente a la condición humana, se amplifica en contextos de conflicto, como la rivalidad histórica entre católicos y protestantes en Irlanda o, en nuestro propio contexto, las heridas aún abiertas de la guerra con Estados Unidos.
La derrota de 1847 no solo significó la pérdida territorial, sino también una profunda fractura en el alma mexicana. La desconfianza hacia el "extranjero" se entrelazó con la división interna, alimentando una espiral de resentimiento y violencia que marcó nuestro siglo XIX. ¿Cómo, entonces, aspirar a la objetividad en un escenario tan cargado de emociones? ¿Cómo esperar que un juez, recién electo, despojado del fervor de la campaña y la euforia del triunfo, pueda emitir un veredicto imparcial, ajeno a las presiones y expectativas de su grupo de apoyo?
Alberoni nos plantea un desafío formidable: desprendernos de nuestras pasiones, observar el mundo desde una distancia crítica, como si fuéramos meros espectadores, extraños a la contienda. Un ejercicio intelectual y emocional que requiere disciplina, autocrítica y una profunda honestidad intelectual. No basta con la buena intención, se necesita cultivar la capacidad de análisis, de cuestionar nuestras propias convicciones y de reconocer la validez de perspectivas diferentes a la nuestra.
Lamentablemente, el camino hacia la objetividad está sembrado de obstáculos. La inteligencia, por sí sola, no garantiza la imparcialidad. Muchos, a pesar de sus capacidades intelectuales, permanecen atrapados en los confines de su propio horizonte mental, incapaces de trascender los límites de su experiencia y comprender la complejidad del mundo. Otros, seductores por la intensidad de sus emociones, se regodean en la subjetividad, convirtiéndola en un estandarte, una justificación para sus acciones. Y qué decir de los fanáticos, cuya ceguera ideológica los lleva a demonizar al "otro", justificando la violencia y el odio en nombre de una supuesta verdad absoluta.
La objetividad, pues, se presenta como un ideal, una meta a la que debemos aspirar, conscientes de su dificultad, pero sin renunciar a la búsqueda. Implica un esfuerzo constante por liberarnos de las cadenas de la subjetividad, por cultivar la empatía y la comprensión, por reconocer nuestra propia falibilidad y la legitimidad de perspectivas diferentes. Solo así podremos construir una sociedad más justa, basada en el respeto, el diálogo y la búsqueda de la verdad. Un camino arduo, sin duda, pero imprescindible para el progreso y la convivencia pacífica.
Fuente: El Heraldo de México