6 de mayo de 2025 a las 10:00
Escapa de la Burbuja de la Mediocridad
En un mundo obsesionado con la imagen, la competencia real parece desvanecerse tras una cortina de humo. Nos encontramos rodeados de figuras que aparentan saberlo todo, que desbordan seguridad y ofrecen respuestas contundentes a problemas complejos. Pero detrás de esa fachada reluciente, a menudo se esconde un vacío preocupante: la falta de verdadera preparación, de experiencia y, en muchos casos, de ética. ¿Cómo es posible que individuos con escasa cualificación alcancen posiciones de influencia mientras que mentes brillantes languidecen en la sombra?
La respuesta reside en lo que podríamos llamar "la tiranía de la apariencia". En la era de las redes sociales y la comunicación instantánea, la percepción se ha vuelto más importante que la realidad. Proyectar una imagen de éxito, aunque sea ficticia, se ha convertido en la clave para abrir las puertas del poder. Nuestro cerebro, programado para buscar atajos, se deja engañar por la labia, la seguridad en uno mismo y las promesas grandilocuentes. Confundimos la firmeza con la inteligencia, la audacia con la competencia. Estos mecanismos, que quizás fueron útiles para nuestros ancestros en entornos peligrosos, hoy nos juegan una mala pasada, llevándonos a confiar en aquellos que dominan el arte del espectáculo más que el del conocimiento.
Las personas verdaderamente preparadas, por otro lado, suelen presentar características que paradójicamente las perjudican en este juego de apariencias. Suelen ser reflexivas, dudan, analizan los matices y se cuestionan las cosas. En un mundo que ansía certezas absolutas, estas virtudes se perciben como debilidades. La complejidad de su pensamiento les dificulta conectar con un público acostumbrado a la simplificación y a las respuestas fáciles. Suelen ser invisibles, incomprendidos, incluso descartados.
Sin embargo, existen ámbitos donde la competencia real es indispensable. Pensemos en el accidente de Chernobyl, donde las consecuencias de la incompetencia fueron devastadoras e inmediatas. En situaciones de alto riesgo, la máscara cae y la verdad se impone. Pero en otros campos, como la política, la economía o las grandes corporaciones, la incompetencia puede camuflarse durante años. Los resultados son difusos, el impacto se diluye en la colectividad y la narrativa lo justifica todo. Un ejecutivo puede maquillar las cifras, un político puede prometer lo imposible y un influencer puede construir un imperio sobre la base de la superficialidad.
Como señalaba Maquiavelo, los líderes frágiles se rodean de mediocres, no por falta de opciones, sino porque se sienten amenazados por el talento verdadero. Así se crea una red de mediocridad que se extiende por todo el sistema, generando una cultura donde el cuestionamiento es castigado y la inteligencia se convierte en un peligro. Las personas más inteligentes suelen desarrollar una conciencia moral más compleja, lo que las hace vulnerables en un entorno donde la ambición desmedida no conoce límites.
¿Cuál es la solución? Necesitamos desarrollar una alfabetización mediática real, aprender a discernir entre la información y el espectáculo, a cuestionar las narrativas dominantes y a valorar la experiencia por encima de la apariencia. Debemos rediseñar nuestros sistemas para que la competencia sea reconocida y recompensada, y para que la incompetencia no pueda esconderse tras una fachada de oropel. Esto implica fomentar el pensamiento crítico, la ética y el humanismo en todos los ámbitos de la vida. Solo así podremos romper el círculo vicioso de la mediocridad y construir un futuro donde el talento, la preparación y la integridad sean los verdaderos motores del progreso. Recordemos, además, que la lucha contra la mediocridad también se libra en el día a día, en nuestros lugares de trabajo. Combatir prácticas tóxicas como el mobbing laboral, donde la envidia y la inseguridad se ceban con el talento, es fundamental para crear un ambiente de trabajo sano y productivo, donde cada individuo pueda desarrollar su potencial al máximo.
Fuente: El Heraldo de México