6 de mayo de 2025 a las 20:30
El humo y el nuevo Papa
La elección papal, un ritual milenario envuelto en misticismo y tradición, cautiva al mundo con la emblemática señal del humo: blanco para anunciar la llegada del nuevo pontífice, negro para indicar que la decisión aún no se ha alcanzado. Más allá del simbolismo espiritual, se esconde un proceso fascinante que combina la química moderna con la solemnidad de la ocasión. Imaginen la escena: dentro de la Capilla Sixtina, tras las plegarias y la profunda reflexión, los cardenales depositan sus votos. Esas papeletas, cargadas de esperanza y responsabilidad, son quemadas en una estufa especialmente dispuesta para este fin. Pero el humo que emerge no es simplemente el resultado de la combustión del papel. Se trata de una receta cuidadosamente elaborada, un compuesto químico que da vida al mensaje visible para el mundo expectante.
Para generar el anhelado humo blanco, anunciador del "Habemus Papam", se utiliza una mezcla precisa de clorato potásico, lactosa y colofonia de pino. Estos componentes, al arder, producen una densa columna de humo blanco, inconfundible en el cielo romano. La lactosa, el azúcar presente en la leche, aporta la densidad necesaria para que el humo se eleve con majestuosidad. La colofonia de pino, una resina natural, contribuye a la combustión limpia y a la tonalidad pálida, asegurando su visibilidad incluso a distancia. El clorato potásico, un compuesto químico con propiedades oxidantes, facilita la ignición y la producción de un humo intenso y persistente.
El humo negro, por otro lado, señal de que la deliberación continúa, no es simplemente el resultado de quemar las papeletas con los votos. Se produce mediante una combinación diferente, que incluye perclorato potásico, antraceno y azufre. El perclorato potásico, similar al clorato pero con mayor poder oxidante, genera una combustión más vigorosa. El antraceno, un hidrocarburo aromático, y el azufre, un elemento químico no metálico, contribuyen a la coloración oscura y a la densidad del humo, garantizando su visibilidad incluso en condiciones de poca luz.
La preparación de estas mezclas químicas no se deja al azar. Se emplean cartuchos preenvasados, que se activan electrónicamente con la precisión de un reloj suizo. Este sistema, además de garantizar la consistencia del humo, simplifica el proceso y minimiza el riesgo de errores. Tras bambalinas, un equipo de expertos, incluyendo bomberos e ingenieros, trabaja diligentemente para asegurar el correcto funcionamiento de las estufas y la chimenea, verificando que el humo se eleve sin contratiempos y sin dañar las preciadas obras de arte que adornan la Capilla Sixtina. Imaginen la meticulosidad con la que se lleva a cabo cada paso, la tensión contenida en cada instante, mientras el mundo espera ansioso la señal definitiva.
Es fascinante cómo la tradición y la tecnología se entrelazan en este ritual ancestral. La química, con sus fórmulas y reacciones, se pone al servicio de la fe, convirtiendo el humo en un lenguaje universal, un símbolo de esperanza y renovación. Un recordatorio de que, incluso en los momentos más trascendentales, la ciencia y la espiritualidad pueden coexistir en perfecta armonía. El humo, ya sea blanco o negro, se eleva hacia el cielo romano, llevando consigo las plegarias y las expectativas de millones de personas, un testimonio silencioso del poder de la fe y la maravilla de la ciencia.
Fuente: El Heraldo de México