Logo
NOTICIAS
play VIDEOS

Inicio > Noticias > Política

6 de mayo de 2025 a las 10:00

Domina tu terquedad

La soberbia es una bestia silenciosa que se alimenta de la autocomplacencia. Se instala en los espacios del poder, susurra al oído de las élites y les convence de que su visión del mundo es la única válida, la única posible. El caso de Hillary Clinton y su "canasta de deplorables" es un ejemplo paradigmático, una fotografía instantánea de ese mal endémico que aqueja a quienes se perciben a sí mismos como los dueños de la verdad. No entendió, no quiso entender, el descontento que bullía bajo la superficie, la frustración de una clase trabajadora abandonada por las políticas globalizadoras que ella misma defendía. Prefirió la etiqueta, la descalificación fácil, al análisis profundo de las causas que llevaron a Trump a la Casa Blanca.

Y este patrón se repite, se reproduce como un virus en el ecosistema político mundial. En México, con la demonización sistemática de López Obrador y sus seguidores; en Europa, con la estigmatización de los votantes de la ultraderecha; en el Reino Unido, con el menosprecio hacia quienes apoyaron el Brexit. Siempre la misma cantinela: el pueblo ignorante, manipulado, presa de las bajas pasiones y los discursos populistas. Se construye un enemigo ficticio, una caricatura grotesca del adversario, para justificar la propia incapacidad de conectar con las preocupaciones reales de la ciudadanía.

Pero, ¿qué hay detrás de ese supuesto populismo que tanto aterra a las élites? ¿Acaso no es la expresión legítima de un descontento profundo, de una fractura creciente entre el poder establecido y las necesidades de la gente común? ¿No es, en muchos casos, la única vía que encuentran los ciudadanos para hacerse oír, para desafiar un sistema que les ha dado la espalda? En lugar de analizar las causas de ese descontento, las élites prefieren refugiarse en la comodidad del insulto, en la simplificación maniquea que divide al mundo entre buenos y malos, entre ilustrados e ignorantes.

La palabra "autocrítica" brilla por su ausencia en el vocabulario de los perdedores. Es más fácil culpar a la manipulación, a las noticias falsas, a la irracionalidad del electorado, que reconocer los propios errores, las propias limitaciones. Se olvidan de que la política es un diálogo, una conversación permanente entre gobernantes y gobernados, y que la soberbia es el peor enemigo de la escucha activa. El desprecio hacia el votante es, en última instancia, un desprecio hacia la democracia misma.

Es hora de romper con ese ciclo vicioso de descalificaciones y etiquetas. Es hora de escuchar, de comprender, de construir puentes en lugar de muros. La verdadera inteligencia política no reside en la arrogancia de las élites, sino en la capacidad de conectar con las preocupaciones de la gente, de ofrecer soluciones reales a los problemas que les aquejan. El futuro de la democracia depende de ello.

Fuente: El Heraldo de México