6 de mayo de 2025 a las 10:00
Domina la Tabla: Surf para Valientes
La magia del béisbol, ese sonido inconfundible del bate conectando con la pelota, el "krak" que presagia un posible viaje más allá de la barda, es un tema que siempre genera debate. ¿Demasiados cuadrangulares? ¿Se está perdiendo la esencia del juego con esta explosión de batazos de largo alcance? La eterna discusión, como el eterno dilema del ying y el yang, el equilibrio entre el pitcheo dominante y la ofensiva desbordante.
Recordemos la era post-huelga de los noventa, ese supuesto "golpe de muerte" al béisbol de las Grandes Ligas. Lo que siguió fue una época de jonrones memorables, algunos envueltos en la polémica del uso de sustancias, pero que sin duda llenaron los estadios de euforia. Y es que al final, el objetivo de cualquier deporte es precisamente ese: generar alegría, el grito de gol en el fútbol, la canasta de tres en el baloncesto, el flechazo perfecto en el tiro con arco. En el béisbol, ese momento de júbilo llega con el cuadrangular, incluso en un partido donde el 0-0 puede ser un duelo de pitcheo magistral, la posibilidad de un batazo que cambie el rumbo del juego siempre está latente.
Y hablando de explosiones ofensivas, el pasado domingo fuimos testigos de un verdadero espectáculo de fuegos artificiales en Camden Yards. Los Reales de Kansas City, un equipo históricamente conocido por su anemia jonronera, desató una tormenta de batazos contra los Orioles de Baltimore, terminando el encuentro con un contundente 11-6. Lo realmente sorprendente no fue solo la cantidad de carreras, sino la forma en que llegaron: ¡once cuadrangulares en total! Siete de ellos conectados por los Reales, estableciendo un nuevo récord para la franquicia, y diez de los once jonrones fueron solitarios, una marca histórica en las Grandes Ligas.
Imaginen la escena: el Camden Yards vibrando con cada batazo, el sonido local anunciando no uno, sino dos récords históricos, uno tras otro. Una fiesta ofensiva para el deleite de los aficionados, aunque solo cuatro de esos cañonazos fueran obra del equipo local. Un dato curioso: los Reales, vestidos de azul y visitantes en esa serie, llegaron al viernes con tan solo 15 cuadrangulares en toda la temporada. De la sequía jonronera a la explosión ofensiva en un abrir y cerrar de ojos.
El debate persiste: ¿preferimos un duelo de pitcheo cerrado o un festival de batazos? En esta ocasión, quienes asistieron al estadio fueron testigos de un evento histórico, una muestra de que en el béisbol, como en la vida, el equilibrio es una constante búsqueda, y a veces, la balanza se inclina hacia el lado más explosivo y emocionante. Un recordatorio de que la magia del béisbol reside precisamente en su imprevisibilidad, en la posibilidad de que en cualquier momento, un swing pueda cambiar el curso de la historia. Y en Baltimore, ese domingo, la historia se escribió con letras mayúsculas y con el sonido inconfundible del bate conectando con la pelota: krak.
Fuente: El Heraldo de México