5 de mayo de 2025 a las 09:35
El chiste de Zedillo: ¿Lo recuerdas?
Ernesto Zedillo: la tecnocracia como traición. Mucho se ha escrito sobre la transición democrática en México, pero pocos análisis ahondan en la herida profunda que dejó el sexenio de Ernesto Zedillo. Más allá de las cifras macroeconómicas y los discursos de modernización, se esconde una historia de despojo, cinismo y una traición sistemática a los ideales que, al menos retóricamente, sustentaban al partido que lo llevó al poder. Zedillo, el tecnócrata formado en Yale, representó la ruptura definitiva con un pasado, aunque ficticio, de justicia social. Su llegada a la presidencia, tras el magnicidio de Colosio, se percibió como una "carambola política", un accidente en el camino del PRI. Pero su gestión demostró ser algo mucho más profundo: la culminación de un proceso de descomposición interna que culminó con la entrega del país a los dictados del neoliberalismo.
El Fobaproa, esa oscura maniobra financiera que socializó las pérdidas de la banca privada, se convirtió en el símbolo de su sexenio. No fue un error, sino una decisión consciente que benefició a una élite a costa del empobrecimiento de la mayoría. Tras la máscara de la tecnocracia, Zedillo implementó políticas de austeridad que golpearon con fuerza a los sectores más vulnerables, profundizando la desigualdad y generando un resentimiento social que aún perdura. La promesa de la modernización se tradujo en precarización laboral, privatizaciones masivas y un aumento exponencial de la deuda pública. El discurso oficial hablaba de eficiencia y competitividad, mientras que la realidad mostraba un país cada vez más fracturado y desigual.
Zedillo no solo traicionó los principios del partido que lo encumbró, sino que también traicionó la confianza de un pueblo que anhelaba un cambio real. Su gobierno se caracterizó por la represión a los movimientos sociales, como lo demuestran las masacres de Acteal y Aguas Blancas, episodios sangrientos que revelan la verdadera cara de un régimen que se decía democrático. La alternancia política, celebrada como un triunfo de la democracia, no significó un cambio profundo en las estructuras de poder. El PRI, desfondado y sin ideología, entregó la estafeta a un sistema que perpetuó las mismas prácticas de corrupción e impunidad.
La figura de Zedillo evoca la frialdad del tecnócrata que, convencido de su propia superioridad intelectual, implementa políticas devastadoras sin inmutarse. Su legado no es el de la modernización, sino el del desmantelamiento del Estado y la entrega del país a los intereses del capital internacional. Un legado de cinismo y traición que aún pesa sobre la conciencia colectiva de México. Hoy, sus esporádicas apariciones públicas, con su aire de distante superioridad, parecen una burla a la memoria de un país que aún sufre las consecuencias de sus decisiones. Zedillo, el tecnócrata sin pueblo, el ejecutor de un proyecto que condenó a millones a la pobreza y la marginación. Su nombre, sinónimo de traición, quedará grabado en la historia negra de México.
Fuente: El Heraldo de México