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4 de mayo de 2025 a las 21:15

Adiós a un dulce refugio de historia

El aroma a mantequilla y azúcar que por décadas inundó el Paseo de la Castellana se desvanece, dejando un hueco no solo en el paladar de los madrileños, sino también en la historia viva de la ciudad. Embassy, la emblemática pastelería fundada en 1931 por Margarita Kearney Taylor, cierra sus puertas, marcando el final de una era. Su fachada, testigo silencioso del devenir de Madrid, ya no recibirá a las generaciones que encontraron en sus mesas un refugio de sabor y tradición.

Mucho más que una simple pastelería, Embassy se erigió como un símbolo de resiliencia durante la Segunda Guerra Mundial, ofreciendo consuelo y un espacio de respiro a aquellos que escapaban de la devastación. Sus paredes guardan los ecos de historias de exilio, de pérdidas y de la esperanza que se encuentra en una taza de té caliente y un dulce bocado. Imaginen a esas familias, desposeídas de todo, encontrando un momento de paz en medio del caos, un pequeño oasis de normalidad en un mundo convulsionado. Esas historias, esos susurros del pasado, se entretejen con el aroma a scones recién horneados y el crujir de las tartas de manzana, creando una atmósfera única e irrepetible.

La noticia de su cierre ha resonado como un trueno en las redes sociales, donde cientos de madrileños comparten sus recuerdos y lamentan la pérdida de un lugar tan entrañable. No se trata solo de la desaparición de una pastelería, sino de la lenta erosión del tejido histórico y cultural de la ciudad. Muchos expresan su preocupación por la creciente presión que enfrentan los negocios locales ante el avance imparable de las grandes cadenas. ¿Qué será de nuestras ciudades si perdemos esos rincones con alma, esos espacios que guardan la memoria colectiva? El debate se extiende más allá del cierre de Embassy, poniendo el foco en la necesidad de apoyar el comercio local y proteger la autenticidad de nuestros barrios.

Recordamos con nostalgia sus famosos pasteles y bombones, las tartas de limón, amarenas y fresa, y por supuesto, los scones, ese pequeño guiño a la tradición escocesa que Margarita Kearney Taylor incorporó a su oferta. Cada bocado era un viaje en el tiempo, una experiencia sensorial que trascendía el simple placer del dulce. Embassy se adaptó a los tiempos, incluyendo desayunos y bocadillos en su menú, pero siempre manteniendo la esencia de la pastelería artesanal que la hizo famosa. La precisión en cada detalle, el cuidado en la elaboración, la calidad de los ingredientes, todo contribuía a crear una experiencia única.

La historia de Embassy, desde sus humildes inicios hasta su consolidación como un referente en la repostería madrileña, es un reflejo de la propia historia de la ciudad. Un relato de perseverancia, de adaptación y de la importancia de los pequeños placeres en los momentos más difíciles. Su cierre, sin duda, deja un vacío en el corazón de Madrid y nos recuerda la importancia de valorar y proteger nuestro patrimonio cultural y gastronómico. La pregunta que queda flotando en el aire es: ¿qué nuevos espacios llenarán el vacío dejado por lugares como Embassy, capaces de conjugar la tradición con la modernidad, la historia con el sabor?

Fuente: El Heraldo de México