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3 de mayo de 2025 a las 09:15

Juan Soldado: ¿Santo o asesino?

La historia de Juan Soldado es un fascinante y perturbador ejemplo de cómo la memoria colectiva puede transformar a un hombre ejecutado en un santo popular. En Tijuana, su nombre resuena con una fuerza que desafía la lógica y la historia oficial. No es un santo reconocido por la Iglesia Católica, sin embargo, la fe en su intercesión milagrosa se palpa en cada veladora encendida, en cada listón anudado a la reja de su humilde tumba en el Panteón Puerta Blanca. Su figura, envuelta en el misterio y la controversia, se yergue como un símbolo de esperanza para los desamparados, un reflejo de la desesperación y la búsqueda de consuelo en un mundo a menudo hostil.

El crimen que lo llevó a la muerte, el brutal asesinato de la pequeña Olga Camacho en 1938, conmocionó a Tijuana y traspasó las fronteras. La prensa, tanto local como internacional, se hizo eco del horror, amplificando el clamor popular por justicia. En medio del caos y la indignación, Juan Castillo Morales, un joven soldado oaxaqueño, fue detenido y señalado como el culpable. La presión social era abrumadora, la turba exigía su cabeza. La investigación, empañada por la premura y la necesidad de aplacar la furia colectiva, culminó en una confesión, obtenida, según algunos, bajo coacción. La "ley fuga", un eufemismo para la ejecución extrajudicial, selló su destino. Tres balas en la espalda y un tiro de gracia pusieron fin a su vida ante la mirada de cientos de testigos.

Pero la historia no terminó allí. Poco después de su muerte, comenzaron a circular relatos sobrenaturales en torno a su tumba. Susurros en la oscuridad, sangre brotando del nicho, favores concedidos de forma inexplicable… Estos relatos, alimentados por la creencia de que Juan Soldado había sido un chivo expiatorio, un inocente sacrificado para proteger a un personaje influyente, transformaron la imagen del soldado ejecutado en la de un mártir. El nombre de Juan Soldado resonó con una nueva fuerza, una fuerza que lo elevó a los altares populares, convirtiéndolo en un santo no oficial, un protector de los desamparados, un intercesor ante lo divino.

La ironía es palpable. Un hombre condenado por un crimen atroz, convertido en símbolo de esperanza. Esta inversión simbólica, analizada con rigor por el historiador Paul J. Vanderwood en su libro "Juan Soldado: violador, asesino, mártir y santo", revela la complejidad de la memoria colectiva y la capacidad de las comunidades para reinterpretar la historia y adaptarla a sus propias necesidades. La frontera, ese espacio liminal donde las culturas se entremezclan y las realidades se difuminan, se convierte en el escenario perfecto para la creación de este santo peculiar.

La tumba de Juan Soldado, cubierta de exvotos, flores y plegarias, es un testimonio de la fe inquebrantable de sus devotos. Es un lugar de peregrinación, un espacio de encuentro entre la esperanza y la desesperación. Allí, miles de personas, muchas de ellas migrantes en busca de un futuro mejor, acuden a pedirle favores, a implorar su ayuda para cruzar la frontera, a buscar consuelo en un mundo que a menudo les da la espalda. La historia de Juan Soldado es un recordatorio de la fuerza de la fe popular, de la capacidad del ser humano para encontrar la esperanza incluso en las circunstancias más adversas, y de la complejidad de la memoria colectiva, capaz de transformar a un condenado en un santo. Es una historia que nos invita a reflexionar sobre la justicia, la culpa, la redención y el poder de la creencia.

Fuente: El Heraldo de México