3 de mayo de 2025 a las 09:15
Descubre el Castillo de la Pureza
El eco de la lluvia contra el asfalto de la calle Godard aquel julio de 1959 aún resuena en la memoria colectiva de la Gustavo A. Madero. No era un aguacero torrencial, sino una llovizna persistente, fría, que calaba hasta los huesos. Las amas de casa, con sus bolsas de mandado rebosantes de productos frescos, se apresuraban a regresar a sus hogares. Otras, con sus rosarios aún entre las manos, abandonaban la iglesia con la serenidad que otorga la fe. Obreros y empleados, con el cansancio del día a día marcado en sus rostros, caminaban con paso firme hacia sus destinos. En medio de esta escena cotidiana, Eleuterio López Solís, un hombre común y corriente, se convirtió en el protagonista de una historia que trascendería los límites de la realidad.
Un pedazo de papel, ajado y húmedo por la lluvia, con unas palabras garabateadas a prisa, captó su atención. Era un grito desesperado, una súplica de auxilio proveniente de un cautiverio inimaginable. Las palabras, escasas pero contundentes, describían un encierro prolongado y la urgente necesidad de ser liberados. Sin dudarlo, el señor López Solís, con la responsabilidad cívica que lo caracterizaba, acudió a las autoridades. La maquinaria policial se puso en marcha. El ulular de las sirenas rompió la monotonía de la tarde, atrayendo la atención de los curiosos. La casa señalada, ubicada en la misma calle Godard, se erguía como un espectro del pasado. El tiempo, implacable, había dejado su huella en la fachada ruinosa, carcomida por los años. Los vecinos la conocían como “la casa de los macetones”, un nombre inocente que contrastaba con la oscura realidad que ocultaba. En el patio, un Dodge 1938, cuyo color verde original se había desvanecido con el paso del tiempo, parecía un testigo mudo de los secretos que guardaban aquellos muros.
El operativo policial culminó con la detención de Rafael Pérez Hernández, el hombre que durante 18 años mantuvo cautiva a su propia familia: su esposa, Sonia María Rosa Noe, con quien había contraído matrimonio en 1933, y sus hijos, a quienes había impuesto nombres tan singulares como Indómita, Libre Soberano, Triunfador, Bien Vivir y Evolución Pensamiento Liberal. Un microcosmos de ideologías y anhelos encerrado entre cuatro paredes.
El caso conmocionó a la sociedad mexicana y traspasó las fronteras de la realidad para convertirse en materia prima para la ficción. El novelista Luis Spota, con su pluma incisiva, inmortalizó la historia en "La Carcajada del Gato". El dramaturgo Sergio Magaña, con su sensibilidad para el drama humano, la llevó a las tablas con "Los Motivos del Lobo". Y el cineasta Arturo Ripstein, junto al escritor José Emilio Pacheco, la transformaron en la película "El Castillo de la Pureza", un filme que explora las complejidades de la mente humana y los límites de la libertad. La escritura del guión, un proceso meticuloso y creativo, les llevó desde el 16 de abril hasta el 18 de noviembre de 1971.
Más allá del cautiverio, se escondía otra capa de esta historia, revelada años después por el diario La Prensa. Dentro de la enorme casa, Rafael Pérez Hernández había establecido una fábrica de raticida, "Raticida Veloz Vulcano 214", un negocio próspero que le permitía, irónicamente, ser el único miembro de la familia con libertad para salir del domicilio. Sus hijos, convertidos en mano de obra cautiva, le ayudaban en la elaboración de la tóxica sustancia en jornadas interminables.
Arturo Ripstein, en una entrevista concedida a Emilio García Riera, relata cómo surgió la idea de llevar esta historia al cine. La casualidad, el destino o simplemente la vida, lo llevó a cruzarse con José Emilio Pacheco, quien se convirtió en su cómplice creativo en este proyecto. La investigación minuciosa, la búsqueda de fotografías, el mapa de la casa, cada detalle fue reconstruido con precisión para dar vida a un relato que, si bien se inspiraba en la realidad, adquiría una dimensión propia en la ficción.
El guión, con su lenguaje cinematográfico, describe la atmósfera opresiva de la casa: "El sonido de las latas funciona como alarma para indicar cuando se abre la puerta… la lluvia cae suavemente sobre el patio interior. Estamos en una casa ruinosa del México antiguo que en otros tiempos fue un palacio." Una imagen poética que contrasta con la crudeza de la historia, un recordatorio de que incluso en los lugares más decadentes, perdura la memoria de un pasado glorioso.
Fuente: El Heraldo de México