1 de mayo de 2025 a las 09:30
¿Viejo yo? ¡Jamás!
Reflexionando sobre la evolución del Derecho Civil, desde el Código de Hammurabi hasta nuestros días, me doy cuenta de lo fascinante y a la vez desafiante que resulta su adaptación a los tiempos modernos. Es un tema que me apasiona, y recuerdo una conversación con mis alumnos donde un estudiante me consultaba sobre su tesis en esta materia. En ese momento, confieso que me pareció casi imposible que un joven pudiera aportar algo novedoso a un campo jurídico con tanta historia. Recordé entonces las sabias palabras de mi madre, quien siempre me aconsejaba ser prudente con mis palabras, evitar las hirientes y las venenosas, "por si alguna vez te las tienes que tragar". Y vaya que tuvo razón.
Hoy, analizando la institución del matrimonio, me encuentro con un claro ejemplo de la necesidad de adaptación. La tradicional fórmula católica "hasta que la muerte nos separe" cobraba un significado muy distinto en épocas donde la esperanza de vida rondaba los 40 años. Un matrimonio a los 16 significaba un compromiso de 24 años. Actualmente, con una esperanza de vida que supera los 80 años, ese "para toda la vida" adquiere una dimensión completamente diferente. ¿No deberíamos, entonces, considerar la posibilidad de adaptar nuestra legislación? Quizás un contrato matrimonial por tiempo definido, con opción a prórroga, podría ser una alternativa interesante. Imaginen el incentivo que supondría para las partes el esforzarse por mantener viva la llama del amor, buscando congraciarse mutuamente para asegurar la renovación del contrato.
Este tema de la edad y su influencia en nuestras instituciones se extiende a otros ámbitos. En la UNAM, nuestra máxima casa de estudios, existe un límite de edad para ocupar cargos directivos, incluyendo la Rectoría. Se ha llegado incluso a plantear la jubilación obligatoria para los profesores a los 70 años. Me parece una aberración. En un ambiente académico, la experiencia y el conocimiento acumulado a lo largo de los años deberían ser un tesoro invaluable, no un motivo de descarte. Privar a las nuevas generaciones de la sabiduría de quienes han dedicado su vida a la investigación y la docencia es un error que no podemos permitirnos.
Y no se limita al ámbito universitario. Hay empresas que se niegan a contratar a personas mayores de 70 años, bajo la absurda premisa de que a esa edad ya no son productivos. Es cierto que existen excepciones, pero generalizar es injusto y discriminatorio. La experiencia y el conocimiento, especialmente en áreas que requieren un profundo entendimiento y manejo de información compleja, son activos que no podemos desperdiciar.
Debemos replantearnos nuestra visión sobre la tercera edad. En lugar de limitarla, debemos encontrar la manera de aprovecharla al máximo. La experiencia de hombres y mujeres que han vivido y aprendido a lo largo de décadas es un recurso invaluable para la sociedad. Es hora de dejar atrás los prejuicios y reconocer el potencial que reside en la sabiduría de la edad. No se trata solo de aprovecharla, sino de privilegiarla.
Fuente: El Heraldo de México