1 de mayo de 2025 a las 09:10
El prólogo perdido de Zedillo
La reciente publicación del ex presidente Ernesto Zedillo en Letras Libres ha desatado una oleada de reacciones, reavivando el debate sobre la salud de la democracia mexicana. Zedillo, con una contundencia que sorprendió a muchos, califica el proyecto de transformación del actual presidente como un "asesinato" de la democracia, una sustitución por una tiranía. Sus palabras han resonado con fuerza en ciertos sectores, especialmente entre aquellos que se han manifestado críticamente contra la administración actual. Sin embargo, esta intervención, aunque aplaudida por algunos, llega tarde, muy tarde, y deja un sabor agridulce en muchos mexicanos.
El expresidente, en su extenso análisis, detalla los peligros que acechan a las instituciones democráticas. Habla de un desmantelamiento sistemático, de una concentración de poder que erosiona los contrapesos y debilita la pluralidad de voces. Su diagnóstico, compartido por diversos analistas, pinta un panorama preocupante para el futuro del país. Pero la crítica, por sí sola, no basta. Se echa de menos una autocrítica, una reflexión profunda sobre las acciones y omisiones del pasado que pudieron contribuir al estado actual de cosas.
Zedillo, autoproclamado padre de la democracia mexicana, omite un detalle crucial en su argumentación: el papel que él mismo jugó en la trayectoria política del actual presidente. ¿Fue Zedillo, quizás involuntariamente, quien abrió la puerta a las prácticas que ahora condena? La historia nos recuerda la controvertida candidatura de Andrés Manuel López Obrador a la jefatura de Gobierno del Distrito Federal en el año 2000. Una candidatura que, a pesar de no cumplir con los requisitos de residencia, prosperó. ¿Hubo presiones desde Los Pinos? ¿Se dieron instrucciones a las autoridades electorales para facilitar su registro?
El silencio de Zedillo sobre estos episodios es inquietante. ¿Por qué no aclara su participación en la decisión de no impugnar la candidatura de López Obrador? ¿Qué hay de las órdenes de aprehensión que pesaban sobre él en aquella época? Estas preguntas sin respuesta dejan una sombra de duda sobre la sinceridad de su preocupación por la democracia.
Si Zedillo realmente desea contribuir a la construcción de un México más democrático, debe ir más allá de la denuncia. Debe asumir su responsabilidad histórica y ofrecer una explicación completa de sus acciones. Sólo entonces su crítica tendrá la legitimidad que ahora le falta. El país necesita un debate serio y profundo sobre su futuro, un debate que no puede estar basado en omisiones y medias verdades. La democracia mexicana, para sobrevivir y fortalecerse, requiere de la participación responsable de todos, incluyendo a aquellos que han ocupado las más altas posiciones de poder.
Fuente: El Heraldo de México