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1 de mayo de 2025 a las 09:30

Danza: ¿Alegría o lamento?

La danza, esa expresión sublime de la vida, esa celebración del instinto dionisíaco que encuentra su equilibrio en la armonía apolínea, se ve reducida, cada 29 de abril, a una pálida sombra de lo que realmente es. No hablamos de la Danza, con mayúsculas, esa fuerza capaz de trascender las palabras y explorar la condición humana en toda su complejidad. Hablamos de su uso demagógico, de la pobreza creativa que se exhibe bajo el pretexto de celebrar el Día Internacional de la Danza.

¿Celebración? Más bien una muestra de la incomprensión que rodea a esta disciplina. Se la trata como un deporte, como una mercancía, olvidando su potencial transformador. Terpsícore, musa inspiradora, seguramente desalojaría a los mercaderes que han invadido su templo, a esos farsantes que se autoproclaman sus soldados, mientras la reducen a un espectáculo vacío.

Un día al año, marcado por el reloj, no por el ritmo interno de la danza. Un día para inflar los egos, para aplaudirse entre colegas y familiares, para simular una vitalidad artística que se desvanece al día siguiente. ¿Dónde queda la crítica, la búsqueda de la verdad, la exploración de lo imposible? En el olvido, sepultadas bajo la retórica engañosa y la autocomplacencia.

La danza, en su esencia, es un diálogo con el mundo, un espejo que refleja las luces y sombras de la condición humana. Es un acto de resistencia, un grito de libertad en un mundo que a menudo nos oprime. Pero en manos de estos mercaderes del arte, se convierte en una herramienta para la autopromoción, en un festín de vanidades.

¿Recuerdan a Tania Álvarez? Ella sí luchó, contra viento y marea, por los derechos del gremio dancístico. Ella sí comprendía el verdadero significado de la danza. Su recuerdo nos recuerda que la lucha por un arte auténtico, comprometido con la verdad y la belleza, es una lucha que vale la pena librar.

Vivimos tiempos aciagos para la danza. La mediocridad se impone, el conformismo reina. Pero la esperanza persiste. En algún lugar, jóvenes artistas, con la fuerza de su visión y la pasión en sus corazones, esperan su turno para tomar las riendas y devolverle a la danza su brillo original. Ellos serán los nuevos demiurgos, los que iluminarán el camino con su arte, los que nos ayudarán a comprender el mundo que nos rodea y a encontrar un alivio para el espíritu en tiempos de oscuridad.

Y mientras tanto, la danza, a pesar de todo, sigue viva. Late en cada movimiento sincero, en cada gesto que busca la verdad, en cada intento por trascender las limitaciones del lenguaje y conectar con lo más profundo de nuestro ser. Ella resiste, espera pacientemente su renacimiento, el momento en que sea liberada de las garras de la vanidad y la mercantilización, y pueda volver a brillar en todo su esplendor.

Que el grito de "¡viva la danza!" no sea un eco vacío, sino una declaración de principios, un llamado a la acción para quienes creen en el poder transformador del arte. Que la danza, en su forma más pura y auténtica, nos recuerde la belleza y la complejidad de la vida, y nos inspire a construir un mundo más humano y más justo.

Fuente: El Heraldo de México