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1 de mayo de 2025 a las 09:15

Colibríes vuelan a Acapulco

La brisa fresca de la mañana chapultepecana contrastaba con la emoción palpable en el aire. Doscientos pares de ojos brillaban con una mezcla de asombro y expectativa, mientras cinco autobuses, cual pájaros multicolores, se preparaban para emprender el vuelo. No se trataba de un viaje ordinario, sino de una travesía hacia un sueño: el mar. Para muchos de estos niños y niñas, provenientes de los rincones más vulnerables de la Ciudad de México, la inmensidad azul era un concepto lejano, una imagen de postal, un anhelo guardado en lo más profundo de su ser. Hoy, gracias al programa Colibrí al Mar, ese sueño se convertía en una vibrante realidad.

El Pabellón de Cultura Comunitaria, epicentro de este emocionante arranque, se vestía de gala. Alejandra Frausto, secretaria de Turismo de la CDMX, con una sonrisa tan radiante como el sol de Acapulco, daba el banderazo de salida. Sus palabras resonaban con la fuerza de un compromiso inquebrantable: garantizar el derecho de la infancia al esparcimiento, al ocio, a la experiencia transformadora del turismo. No se trataba simplemente de llevarlos a la playa, sino de abrirles una ventana al mundo, de sembrar en sus corazones la semilla de la posibilidad.

Tres días y dos noches de magia. Un paréntesis de risas y descubrimientos en la costa guerrerense. El rugir del mar, la caricia de la arena, el sabor salado en la piel, experiencias que se grabarían a fuego en sus memorias. No solo disfrutarían del mar, sino también de un alojamiento confortable, una alimentación nutritiva, atención médica y la oportunidad de sumergirse en la riqueza cultural de Acapulco.

Imaginen la alegría desbordante de estos pequeños, provenientes de alcaldías como Iztapalapa, Xochimilco y Cuajimalpa, al sentir por primera vez la arena entre los dedos de sus pies. Muchos de ellos, participantes activos de los Semilleros Creativos, espacios donde la cultura y el arte florecen como brotes de esperanza, llevaban consigo la chispa de la creatividad, lista para ser avivada por la brisa marina.

Entre las risas y la algarabía, viajaban también cincuenta niñas con historias de resiliencia. Niñas que, a pesar de haber sido víctimas de violencia, encontraban en este viaje una oportunidad para sanar, para reconstruir, para volver a soñar. Su presencia, resguardada por el apoyo institucional, era un recordatorio de la importancia de tejer redes de protección y de brindarles espacios seguros donde puedan desplegar sus alas.

Cada niño y niña recibió un kit especial para el viaje: refrigerios para saciar el apetito, ropa cómoda para disfrutar al máximo y accesorios que les recordarán esta aventura inolvidable. Además, un equipo de tutores y guías turísticos los acompañaría en cada paso, velando por su bienestar y compartiendo con ellos la riqueza histórica y natural de Acapulco.

Pie de la Cuesta, con su majestuoso encuentro entre el río y el mar, les esperaba con una experiencia única: la liberación de tortugas marinas. Un acto simbólico que les conectaría con la importancia de la conservación y el respeto por la naturaleza. Las actividades recreativas en la playa y la alberca serían el escenario perfecto para la diversión y la creación de lazos de amistad. Y como broche de oro, un recorrido por el imponente Fuerte de San Diego, testigo silencioso de la historia del puerto.

La presencia de Gloria Tokunaga Castañeda, directora de Integración Social del DIF; Fernando Carrera, representante de Unicef en México, y Guadalupe Velázquez, directora de la Fundación Dar y Amar, en el banderazo de salida, subrayaba la importancia de este esfuerzo colectivo. Sus palabras, cargadas de emoción y compromiso, resonaban en el aire como un eco de esperanza: este viaje era un paso firme hacia un turismo más justo, incluyente y con un profundo enfoque social. Un turismo que no solo busca llevar a las personas a un destino, sino que las transforma desde adentro, abriéndoles las puertas a un mundo de posibilidades.

Fuente: El Heraldo de México