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1 de mayo de 2025 a las 09:20

Abre el debate con Ernesto Zedillo

La resonancia de las palabras del expresidente Zedillo, amplificadas por la publicación en Letras Libres y la próxima entrevista en Nexos, ha generado una onda expansiva en el panorama político mexicano. Más allá de la polémica inmediata, la cual se ha visto teñida por la respuesta, a mi juicio, apresurada del gobierno actual, se abre una oportunidad invaluable para un debate profundo y necesario sobre el rumbo democrático de nuestro país.

No podemos reducir la discusión a una simple defensa o ataque a la figura de Zedillo. La trascendencia de sus argumentos radica en la conexión que establece entre la reforma judicial de su sexenio – un tema que, comprensiblemente, defenderá – y la consolidación de la democracia en México. El expresidente vincula directamente aquella reforma con la posterior reforma electoral de 1996, un hito que transformó el Instituto Federal Electoral (IFE) y sentó las bases para elecciones más justas y transparentes.

La reacción del gobierno actual, centrada en la crítica a la gestión de Zedillo, particularmente en el manejo de la crisis financiera, desvía la atención del punto medular: ¿Hacia dónde nos lleva la Cuarta Transformación en materia democrática? La desaparición de órganos autónomos como el INAI, la reforma judicial – objeto de controversia entre juristas –, la aparente sumisión del Congreso al Ejecutivo, y la centralización del poder, son elementos que invitan a una reflexión seria y a un debate sustantivo.

La democracia no se limita a la elección de jueces. Es un entramado complejo que requiere contrapesos, división de poderes y un Estado de Derecho sólido. Reducir la discusión a una visión simplista, ignorando las advertencias de voces como la de Zedillo, es un flaco favor al país. El expresidente, con sus aciertos y errores, pone sobre la mesa una perspectiva preocupante: la posibilidad de una deriva hacia la tiranía. Nexos, por su parte, habla incluso de un "réquiem por la transición democrática". Son expresiones fuertes, sin duda, pero que obligan a una introspección colectiva.

No se trata de idealizar el pasado ni de demonizar el presente. Lo que necesitamos es un diálogo a la altura de las circunstancias, un debate que trascienda los ataques personales y se centre en el análisis riguroso de las políticas públicas y sus implicaciones para el futuro de la democracia mexicana. Es imperativo escuchar las distintas voces, argumentar con solidez y buscar consensos que fortalezcan nuestras instituciones. El futuro de México depende de ello. La visión de una democracia plena, con ciudadanos informados y participativos, debe ser el horizonte que guíe nuestras acciones. No podemos permitirnos la complacencia ni la indiferencia ante los retos que enfrentamos. La democracia es una construcción permanente, un proceso dinámico que exige vigilancia y compromiso de todos.

Fuente: El Heraldo de México