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30 de abril de 2025 a las 09:30

Redescubre la historia de los corridos mexicanos.

La controversia desatada en Zapopan tras la presentación de un grupo musical nos obliga a reflexionar sobre la compleja relación entre la música, la cultura y la delincuencia. El debate en torno a los corridos y su evolución hacia subgéneros como los narcocorridos nos confronta con una realidad innegable: la capacidad de la música para influir en la percepción social, especialmente entre los jóvenes.

Es innegable que los corridos, como género musical tradicional, han desempeñado un papel crucial en la construcción de la identidad mexicana. A lo largo de la historia, han narrado las hazañas de héroes populares, las luchas sociales y los eventos históricos que han moldeado nuestra nación. Desde la Revolución Mexicana hasta las comunidades rurales, los corridos han sido un vehículo para expresar la valentía, el amor, la pérdida y la resistencia. Son un testimonio vivo de nuestra historia colectiva, un patrimonio cultural que trasciende fronteras y generaciones.

Sin embargo, la evolución del género ha dado lugar a expresiones que glorifican la violencia y el narcotráfico. Los narcocorridos, con sus letras explícitas y su estética visual, presentan una imagen distorsionada de la realidad, donde la riqueza ilícita, el poder y la impunidad se convierten en valores aspiracionales. Esta idealización del crimen organizado, amplificada por la difusión masiva a través de plataformas digitales, representa un riesgo para la sociedad, especialmente para los jóvenes que se encuentran en una etapa de formación y búsqueda de identidad.

La problemática no se limita a la música en sí misma, sino a las condiciones sociales que permiten su proliferación. La falta de oportunidades, la desigualdad y la normalización de la violencia contribuyen a crear un caldo de cultivo propicio para la idealización del narcotráfico. Ante esta situación, la respuesta no puede ser la censura o la criminalización de la expresión artística, sino la implementación de políticas públicas que aborden las causas estructurales de la violencia. Es necesario fortalecer el tejido social, promover la educación, generar oportunidades de desarrollo y fomentar valores que contrarresten la influencia del crimen organizado.

El reto es enorme y requiere la participación de todos los sectores de la sociedad. Desde las autoridades, se debe garantizar la libertad de expresión al mismo tiempo que se combate la apología del delito. Es fundamental promover un diálogo constructivo que involucre a artistas, creadores, académicos y representantes de la sociedad civil. Necesitamos encontrar un equilibrio entre la protección de la libertad artística y la responsabilidad social de los creadores.

Como consumidores de música, también tenemos un papel fundamental. Debemos ser críticos y selectivos con los mensajes que consumimos y promovemos. Apoyar a los artistas que transmiten valores positivos y denunciar las expresiones que glorifican la violencia son acciones que contribuyen a construir una sociedad más justa y pacífica. Recordemos que la música es una herramienta poderosa que puede inspirarnos, educarnos y transformarnos. Aprovechemos su potencial para construir un futuro mejor.

Finalmente, es esencial evitar la polarización y la estigmatización. No se trata de criminalizar a los artistas o a los géneros musicales, sino de generar una reflexión crítica sobre el impacto de la cultura en la sociedad. El camino es el diálogo, la educación y la construcción de una cultura de paz que valore la vida, la justicia y la dignidad humana. Recordemos que la música es un reflejo de nuestra sociedad, y en nuestras manos está transformarla en un instrumento de cambio positivo.

Fuente: El Heraldo de México