30 de abril de 2025 a las 09:25
Recupera tu carrito abandonado
La soledad a los doce años. Una frase que golpea como un puño, que deja un eco resonando en el vacío. Un vacío habitado por la ausencia, por el abandono que marca a fuego, que moldea el carácter y define el destino. Recordar esa etapa es como asomarse a un abismo, un torbellino de emociones confusas que amenazan con arrastrarlo todo. A sus veinticinco años, la fortaleza que proyecta este hombre se resquebraja al evocar la fragilidad de su infancia. Su testimonio, escuchado en un foro sobre justicia restaurativa, despierta fantasmas del pasado. Fantasmas con rostros conocidos, con nombres que resuenan en las calles de mi propia infancia.
Recuerdo a esos chicos, mis compañeros de juegos, de correrías y pequeñas travesuras, marcados por la misma carencia, por la ausencia de una figura paterna o materna que les brindara guía y protección. La calle, ese espacio sin ley, se convertía en su refugio, en su escuela de supervivencia. En sus miradas, la chispa de la rebeldía se mezclaba con la sombra del rencor. Un simple cruce de miradas, una palabra malinterpretada, podía desatar la furia contenida. Los puños, siempre listos, eran la respuesta a un mundo que les daba la espalda. La violencia, como una danza macabra, formaba parte del paisaje cotidiano. La sangre derramada, un recordatorio constante de la fragilidad de la vida en aquel barrio olvidado.
Niños y adultos, dos mundos paralelos que rara vez se cruzaban. Y cuando lo hacían, el silencio, la violencia y las adicciones se erigían como los únicos puentes de comunicación. Recuerdo a mis amigos, corriendo despavoridos ante la voz de su padre, a quien llamaban por su nombre de pila, como si la figura paterna se hubiera diluido en la familiaridad forzada. Un silbido, un grito, una retahíla de insultos, eran la señal de que debían ponerse a trabajar. Niños convertidos en vendedores ambulantes, pregonando las noticias sensacionalistas de periódicos vespertinos, hojas impregnadas de tinta roja y amarilla, crónicas de crímenes y escándalos políticos, un reflejo distorsionado de la realidad que les tocaba vivir.
Yo, observando la escena desde la ventana de mi inocencia, interrogaba a mi padre sobre la injusticia de ver a mis amigos trabajando a tan temprana edad, sin comprender las complejidades de un mundo adulto que aún me era ajeno. La explicación que me dio entonces, si es que la hubo, se ha perdido en la niebla del tiempo. Y ahora, con la perspectiva que otorgan los años, sigo sin encontrar una respuesta que me satisfaga. Muchos de esos padres, ausentes durante el día, se reunían en un sótano prestado por el conserje para jugar al póker, ajenos a la realidad de sus hijos, confiados en que los periódicos estaban en buenas manos.
Estas viñetas de mi infancia se entrelazan en mi memoria con la lectura de "El primer hombre", el manuscrito inacabado de Albert Camus. La imagen del escritor francés en la portada de una de las ediciones, posando junto a sus compañeros de equipo de fútbol, me evoca la fragilidad de la existencia, la lucha constante por la supervivencia. Camus, que eligió la posición de guardameta para no desgastar sus zapatos, nos ofrece un atisbo de la precariedad que marcó su infancia. Un pasaje del libro resuena con especial fuerza: "Una noche Jacques volvía de hacer la compra, llevando en el extremo de su brazo extendido la fuente de patatas gratinadas en la panadería del barrio (en casa no había ni gas ni hornillo y se cocinaba en un infiernillo de alcohol. Tampoco había horno y para gratinar un plato lo llevaban preparado al panadero del barrio, quien a cambio de unos céntimos, lo metía en el horno y lo vigilaba), la fuente humeaba a través del paño que lo protegía del polvo de la calle y permitía sostenerlo por las puntas". Una imagen que condensa la pobreza, la ingeniosidad y la solidaridad de una época, un eco de las historias de abandono y resiliencia que marcaron mi propia infancia.
Fuente: El Heraldo de México