30 de abril de 2025 a las 12:30
Mateo García: La nueva promesa del baloncesto
La velocidad corre por sus venas. No le corre, la domina. Mateo García Patiño, un pequeño titán de nueve años, no sueña con coches de juguete: los vive, los respira, los conquista. Mientras otros niños de su edad piden videojuegos o figuras de acción, Mateo ansía neumáticos nuevos, volantes de última generación y repuestos que le permitan arañar milésimas de segundo al cronómetro. No se conforma con emular a sus ídolos, aspira a superarlos. Su nombre no está destinado a la sombra de ningún gigante, sino a brillar con luz propia en el firmamento del automovilismo. "Quiero ser mejor que Checo Pérez", afirma con la convicción inquebrantable de quien sabe que el éxito se construye vuelta a vuelta, con talento, disciplina y una pasión que desborda los límites de la infancia.
No es un capricho infantil, es una vocación forjada en el rugir de los motores. Desde su primer mes de vida, Mateo respiró el aroma a gasolina y asfalto en el taller de su padre, José Montaño, un veterano de la NASCAR México. Cambiaron pañales entre herramientas, biberones junto a neumáticos y el llanto del pequeño se mezcló con el rugido de los motores, creando una sinfonía única que marcó su destino. A los tres años, la moto se convirtió en una extensión de su cuerpo, un preludio de la velocidad que lo esperaba en los karts. Con apenas cuatro años, conquistó el Campeonato Nacional en México, una hazaña que anunciaba el nacimiento de una estrella.
La ambición de la familia Montaño-Patiño no conocía fronteras. A los cinco años, cruzaron el Atlántico en busca del máximo nivel competitivo. Inglaterra, cuna del automovilismo, fue el escenario de su siguiente conquista: una victoria en Gales que resonó como un trueno en el mundo del karting. Tres años de intensa formación en las pistas británicas pulieron su talento innato, preparándolo para el desafío definitivo: el Mundial de Italia. Con ocho años, Mateo se enfrentó a los mejores pilotos del mundo, demostrando que la edad es solo un número cuando la pasión y el talento se fusionan en una fuerza imparable.
En el Día del Niño, mientras otros celebran con juegos y regalos, Mateo celebra con la velocidad, su verdadera pasión. "Me encanta correr, es mi momento más feliz", confiesa con la sonrisa radiante de quien ha encontrado su propósito en la vida. No le teme a la velocidad, la abraza, la domina. "Si me diera miedo, no lo haría", afirma con una madurez que asombra. La velocidad, los rebases, la adrenalina de la arrancada: son los ingredientes de su felicidad, la gasolina que impulsa sus sueños de gloria.
Mateo no es un niño común. Es un piloto en miniatura, un prodigio del volante, un futuro campeón que se forja en el calor del asfalto. Su historia es un testimonio de que la pasión no conoce límites, de que los sueños se pueden alcanzar con esfuerzo y dedicación, de que la grandeza se puede gestar incluso en la más tierna infancia. Mateo García Patiño, el pequeño gigante de las pistas, no solo corre: vuela hacia un futuro brillante, dejando tras de sí una estela de admiración y esperanza. Su nombre está escrito con letras de fuego en el libro del automovilismo, y su leyenda apenas comienza.
Fuente: El Heraldo de México