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30 de abril de 2025 a las 09:25
Ilumina tu vida
La oscuridad nos alcanzó. Como una mano fría y silenciosa, se extendió por la península ibérica, borrando las luces, silenciando los motores y dejándonos suspendidos en una inquietante incertidumbre. Horas sin electricidad, sin el flujo vital de la energía que mueve nuestro mundo hiperconectado, nos devolvieron a una fragilidad primitiva. El transporte público se detuvo, los aeropuertos se convirtieron en terminales fantasma y las calles, sin semáforos que guiaran el caos, se transformaron en escenarios de una coreografía improvisada y tensa. La telefonía, intermitente como una señal de auxilio débil, solo amplificaba la sensación de aislamiento.
Es inevitable pensar en las distopías que hemos devorado en la literatura y el cine. Aquellas historias que nos advertían sobre la fragilidad de nuestro sistema, sobre la dependencia ciega a una tecnología que, en un instante, puede volverse en nuestra contra. ¿Era este el inicio del colapso? ¿La primera ficha de dominó que desencadenaría una serie de eventos catastróficos? La mente, ante la falta de respuestas, comienza a tejer sus propias explicaciones, alimentando la paranoia con teorías que van desde ataques terroristas hasta fenómenos sobrenaturales.
La declaración del presidente Sánchez, “No descartamos ninguna hipótesis”, resulta admirable en su honestidad, pero aterradora en su ambigüedad. Es la confesión implícita de una vulnerabilidad inesperada, la admisión de que, a pesar de todos nuestros avances tecnológicos y nuestra supuesta capacidad de control, seguimos expuestos a fuerzas que escapan a nuestra comprensión. Nos recuerda que la línea que separa la normalidad del caos es más delgada de lo que nos gusta creer.
Este apagón, más allá de las molestias prácticas, ha puesto al descubierto una verdad incómoda: nuestra civilización, construida sobre la base de la energía eléctrica, es un castillo de naipes. Un simple fallo en el sistema puede sumirnos en la oscuridad y el desconcierto. Y lo que es peor, nos ha revelado nuestra propia ignorancia. ¿Qué fue lo que realmente sucedió? ¿Estamos preparados para afrontar eventos similares en el futuro? Las preguntas flotan en el aire, tan densas como la oscuridad que nos envolvió, esperando respuestas que tal vez nunca lleguen.
La experiencia vivida en la península ibérica resuena con la creciente ansiedad global. En un mundo marcado por la inestabilidad política, la crisis climática y la amenaza de pandemias, la incertidumbre se ha convertido en nuestra compañera constante. Ya no es un recurso narrativo de la ciencia ficción, sino la materia prima de nuestra realidad. El apagón, en su breve pero impactante duración, ha sido un espejo que nos ha reflejado nuestra propia vulnerabilidad, nuestra dependencia y, sobre todo, la necesidad imperiosa de repensar nuestro modelo de desarrollo y nuestra relación con el planeta.
La alegoría es inevitable. ¿Es este un aviso? ¿Una llamada de atención para que tomemos conciencia de la fragilidad de nuestro sistema y la necesidad de construir un futuro más resiliente y sostenible? Ojalá que así sea. Ojalá que la oscuridad que nos cubrió por unas horas nos ilumine el camino hacia un futuro más consciente y responsable.
Fuente: El Heraldo de México