30 de abril de 2025 a las 09:10
¿Fin de la democracia?
La imagen de Ernesto Zedillo cediendo la banda presidencial a Vicente Fox, un acto que en su momento se percibió como la culminación natural de un proceso democrático, hoy se antoja casi una reliquia de un pasado idealizado. Con el inquietante auge de líderes autócratas alrededor del mundo, la sencilla acción de reconocer la victoria del oponente se ha convertido en una prueba de fuego, una vara con la que medir la verdadera vocación democrática. Y en México, ese destello de madurez política parece haberse extinguido apenas seis años después, con la sombra del presunto fraude electoral de 2006 aún cerniéndose sobre nuestra memoria colectiva.
El sexenio de Zedillo, sin embargo, fue un crisol de claroscuros. Si bien es cierto que intervino en el Poder Judicial, también es innegable que durante su mandato se sentaron las bases para una Suprema Corte más autónoma e independiente, un contrapeso vital que ahora, irónicamente, se ve amenazado por la marea de seguidores del régimen que se avecina. Recordemos también el ascenso de la oposición al gobierno de la capital, con Cuauhtémoc Cárdenas a la cabeza, y la conquista de la mayoría en las cámaras, hechos que demuestran la complejidad y la vitalidad del panorama político de aquellos años.
Ante este contexto, las palabras de Zedillo sobre la muerte de la democracia mexicana adquieren un peso singular. No se trata de un lamento nostálgico, sino de una advertencia fundamentada en la preocupante realidad que nos rodea. La Reforma del Poder Judicial, con su potencial para desmantelar uno de los pilares fundamentales de cualquier democracia, el control gubernamental sobre medios y redes sociales tras la desaparición del IFT, la amenaza latente de un control estatal sobre Internet, la creciente propaganda disfrazada de periodismo en los medios oficiales, y la omnipresencia del Ejército en la vida pública, son síntomas inequívocos de una deriva autoritaria.
No se trata de caer en el fatalismo, pero la historia nos ofrece una perspectiva escalofriante. Superamos siete décadas de priismo autoritario antes de presenciar la transferencia pacífica del poder a un partido opositor. Con el panorama político actual, con una oposición fragmentada e inoperante, ¿tenemos razones para creer que esta vez el ciclo será más corto? La pregunta, formulada por el expresidente Zedillo, no busca provocar pánico, sino sacud ir nuestra conciencia y forzarnos a confrontar la fragilidad de las instituciones democráticas que con tanto esfuerzo construimos. La democracia no es un regalo, es una conquista que exige vigilancia constante y una defensa férrea. Y hoy, más que nunca, esa defensa es imperativa.
Fuente: El Heraldo de México