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30 de abril de 2025 a las 19:20

Caballo se desploma del cansancio en Mérida

El incidente del caballo desplomado en Mérida ha reavivado una llama de indignación que lleva años ardiendo a fuego lento. No se trata de un caso aislado, sino del síntoma de un problema sistémico que exige una respuesta inmediata y contundente. La imagen del animal exhausto, forcejeado para ponerse en pie y continuar su labor bajo el sol implacable de Yucatán, es una bofetada a nuestra sensibilidad y una prueba irrefutable del maltrato que sufren estos animales en nombre del turismo.

Las redes sociales se han convertido en el altavoz de la indignación colectiva. Las imágenes, compartidas miles de veces, han generado una ola de críticas dirigidas no solo al calesero, sino también a las autoridades que, hasta el momento, se mantienen en un silencio cómplice. La pregunta que resuena en cada comentario, en cada publicación, es la misma: ¿Hasta cuándo vamos a permitir que se explote a estos animales en nombre de una tradición que ha perdido su sentido?

Más allá de la indignación momentánea, este incidente nos obliga a reflexionar sobre el modelo turístico que promovemos. ¿Es realmente necesario mantener una práctica que pone en riesgo el bienestar animal? Existen alternativas modernas, sostenibles y respetuosas con la vida, como las calesas eléctricas, que no solo eliminarían el sufrimiento de los caballos, sino que también contribuirían a una imagen más moderna y consciente de nuestra ciudad.

Las altas temperaturas de Mérida, que a menudo superan los 40 grados centígrados, convierten el trabajo de estos animales en un verdadero suplicio. Imaginen el esfuerzo que implica arrastrar un carruaje con turistas a bordo bajo ese calor abrasador, con pocas pausas para descansar, hidratarse y protegerse del sol. Las consecuencias son evidentes: agotamiento, deshidratación, problemas respiratorios y, en casos extremos, como el que hemos presenciado, el colapso total.

La falta de una respuesta inmediata por parte de las autoridades es preocupante. Si bien existen leyes que protegen a los animales del maltrato, su aplicación efectiva es, en muchos casos, deficiente. Es necesario fortalecer la inspección y el control sobre las condiciones en las que operan las calesas, así como implementar sanciones ejemplares para quienes incumplan la normativa.

No podemos seguir mirando hacia otro lado. La sociedad exige un cambio, una transformación del modelo turístico que priorice el bienestar animal. El incidente del caballo desplomado en Mérida no debe quedar en una simple anécdota viral, sino que debe ser el punto de inflexión que nos impulse a construir una ciudad más justa y compasiva con todos los seres vivos. Es hora de decir basta al maltrato animal y apostar por un turismo responsable y sostenible. El futuro de nuestra ciudad, y el de los animales que la habitan, depende de ello.

La presión ciudadana es fundamental para lograr este cambio. Sigamos alzando la voz, exigiendo a las autoridades que tomen medidas concretas y que se comprometan con la protección de los animales. No podemos permitir que la tradición se convierta en una excusa para el maltrato. El bienestar animal no es negociable. Es una responsabilidad de todos.

Fuente: El Heraldo de México